Los Mejores Emigran
En estos dos últimos años de crisis económica han emigrado 120.000 españoles. Hasta esa fecha, el fenómeno había sido el contrario: la recepción de una avalancha de inmigrantes, poco o nada capacitados, merced a una miope política de papeles para todos. Ahora, en cambio, el perfil de nuestros emigrantes es el de jóvenes entre 25 y 35 años, profesionales con estudios y altamente cualificados.
O sea, que la productividad resultante de nuestra fuerza de trabajo desciende necesariamente.
Además, ya no sucede como antaño, en que sólo abandonaban el país los jóvenes investigadores carentes de medios en España. Es más, para impedirlo, José María Aznar propició hace quince años una efímera operación retorno de cerebros fugados y que nos permitió recuperar, por ejemplo, y sólo en el ámbito de la oncología, a Mariano Barbacid, Eugenio Santos o Joan Massagué.
Pero ahora no es que huyan solamente los científicos, atraídos por las altas posibilidades de I+D+i en el Reino Unido, Alemania o Estados Unidos, sino que la diáspora se ha extendido a otros profesionales, como economistas, ingenieros o sociólogos. Muchos de ellos aprovechan becas para estudios de postgrado en el extranjero y, mediante la formación y los contactos adquiridos, acaban fichando por empresas multinacionales.
Se trata, pues, de un empobrecimiento nacional colectivo cuyas consecuencias se verán en el próximo futuro. A escala europea ya lo ha advertido el grupo de sabios que preside Felipe González: tenemos que competir por captar inmigrantes cualificados, como hacen Canadá, Australia y Estados Unidos, o simplemente nos quedaremos para vestir santos.
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Repetidas veces hemos afirmado algo que a algunos les podrá sonar como paradójico: Materia es también Espíritu. A lo largo de los siglos, diversos predicadores han enseñado que la materia constituye un obstáculo para la evolución espiritual, incluso ¡la han comparado a Satanás! Pero ha llegado el momento de corregir tal embate, de hacer de la materia una aliada, simplemente porque todo el Universo lo rige un Dios único, que no lucharía alocadamente contra Sí mismo.
Se hace necesario repasar los roles que han ocupado los principales sujetos de la Comunidad Educativa, especialmente docentes, padres y alumnos, hasta ahora y el lugar que deben ocupar en la nueva escuela.
Desde eones pasados, nuestros antecesores hallaron la forja de ingredientes mezclando muchos aditivos producidos en sus alrededores. Fueron los primeros intentos a la forja de avíos de distintos componentes, descubriendo a su paso amalgamas que en esta época son realmente cotidianas que casi nunca les procurar cuidado, como al laton.
Este proyecto sobre la participación escolar ha de ser vivida como una experiencia concreta de participación y desarrollo de actitudes y relaciones democráticas. Profundizar en este valor de nuestra educación, por lo tanto, equivale a perseguir una educación de calidad para todos los ciudadanos y ciudadanas, en la que han de participar y comprometerse los distintos sujetos de la comunidad escolar.
La ética nos remite a los valores que la comunidad educativa ha establecido como valores fundamentales en el proyecto normativo. Son los valores que impregnan la misión y visión de la escuela; que configuran la relación entre los actores; orientan los sentidos de la normativa escolar; definen criterios frente a procedimientos de resolución de conflictos.
La participación, compromiso y trabajo mancomunado de todos y cada uno de los actores educativos en torno a las acciones definidas en el Plan de Derecho Educativo para la Convivencia Escolar (PDECE), sólo es posible si subyace una relación de confianza entre unos y otros, que respete la experiencia y atribuciones del rol que les compete.
La legitimación del derecho en el laboratorio escolar se producirá por el cambio radical de una norma que cerrada e impuesta por la mayoría triunfante, basada en el miedo a la sanción, por una nueva norma abierta a la comunidad y lograda mediante acuerdos producto de la participación de todos y aceptada por todos, en base a valores definidos por la comunidad como prioritarios para el logro del bien común y la convivencia en paz.
Es difícil explicar qué son los números naturales de tan sencillo que es el concepto. Son el 1, 2, 3, 4, 5, etc. Bien, seguro que ya lo sabías, pero ¿qué más? ¿Hay algo misterioso? ¿Algo que no sepa cualquiera que sabe contar?
"Los ciudadanos, muchas veces, no queremos que nos representen personas como nosotros, sino tipos inalcanzables que, vaya a saberse por qué, suponemos que son mejores que nosotros mismos".
"En vez de echarse la culpa unos a otros nuestros políticos deberían decirnos humildemente a los ciudadanos: "Lo sentimos, lo hemos hecho mal".
"Ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar "doblegarlos" — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad".
"Las formas muchas veces son tan importantes como el fondo de cualquier cuestión. Los que tuvimos la oportunidad de conocer al presidente catalán Josep Tarradellas, defensor a ultranza del protocolo institucional y de la cortesía parlamentaria, le oímos decir más de una vez: "En política, cuando se pierden la urbanidad y las buenas maneras también se pierde la razón".
"Hasta hace bien poco, las opiniones y hasta los pensamientos de unos y de otros estaban condicionados por sus respectivas anteojeras ideológicas, como las de los forofos de cualquier equipo de fútbol".
"Si se generalizase de forma arbitraria el referendo como medio directo de acción política, el caos acabaría imponiéndose sobre el sentido común".
"El abandono de las respectivas carreras es el doble que en el resto de Europa, el paro entre los titulados superiores llega al 21% y no hay ninguna universidad española entre las 150 mejores del mundo".
"Nos guste o nos desagrade, aún somos un país de pícaros y trapisondistas, más parecido a la corte de los milagros de Valle-Inclán, que a una sociedad solidaria, equitativa y justa".

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Dentro de unos años a la decadencia industrial, tecnológica, empresarial, cultural, social, humana, medioambiental, etc, etc habrá que añadirle la violencia propia de un territorio de desheredados sin futuro.