Sobrevivientes Del Holocausto Por El Amigo De Mi Amigo

Posteado: 24/01/2011 |Comentarios: 0 | Vistas: 119 |

Sobrevivientes del Holocausto

Por el amigo de mi amigo

 

Éramos seis hermanos, dos hembras y cuatro varones. Mis padres se  llamaban Ignacio Matyas Legman y Bertha Schmidt. El mayor de mis hermanos, Frank, nacido en 1907 y residenciado en Los Angeles desde 1925; el segundo, quien fue mi profesor de deportes y atletismo, Alexander (Hertzi), nacido en 1909; Livia (Diszi), en 1911; Judith, en 1915; Andor, en 1920 y yo, Tibor, el benjamin, nací el 25 de mayo de 1925.

Cuando tenía siete años, murió mi abuelo materno, quien fue un médico muy conocido y querido por todos, se llamaba Mordechai Schmidt. De mis abuelos paternos, recuerdo sólo sus  nombres; Efrain Shalon Matyas y Dici de Matyas.

Pasé mis primeros años en Cluj, ciudad de más de 100.000 habitantes, de los cuales, 15.000 éramos judíos. Era una ciudad moderna. Bellos y decorados  edificios se encargaban de engalanarla. Muchas sinagogas, varias iglesias, tanto católicas como ortodoxas, daban muestras de la gran fe de sus habitantes.

Hasta el año de 1939 nos rigieron los Rumanos. Un año después pasamos a formar parte del pueblo húngaro, en virtud de un acuerdo firmado por Hitler.

Por el hecho de ser el menor, era mimado  por mis padres, mis hermanos y hasta por algunos de mis tíos. Al recordar, me parece ver a mi madre, quien muchas noches venía a mi cama, a vigilar mi sueño y cuando me notaba intranquilo, me trataba de  calmar, contándome  anécdotas de mis abuelos, experiencias de mis tíos y travesuras  de mis hermanos. Ella, Dios la tenga en su gloria, fue  una madre ejemplar.

Diez y seis años me llevaba mi hermano Hertzi, me quería como a un hijo; él era el que se ocupaba de enseñarme y mejorar mis conocimientos y estilos en lo referente a mis gustos por el deporte. El me enseñó a pararme de manos y luego con una gran paciencia, a caminar sobre ellas. A Hertzi le debo la mayoría de mis gratos recuerdos de niño. Lo concerniente a nosotros, debo decir, estaba rodeado de una gran pasión. Mi hermano veía en mí al deportista que no pudo ser. Tenía mucha fe en mi futuro como deportista profesional, me daba ánimos y  se comportaba cual padre orgulloso,

Tenía unos siete años de edad, cuando un circo ambulante se presentó en la ciudad y mi hermano Hertzi me llevó.  Fue una experiencia inolvidable;  al ver las acrobacia de los payasos aprecié lo aprendido con mi hermano, la parada de manos pasó a tener un gran sentido para mí. En su show, ellos montaban una silla encima de una mesa, luego otra encima de la primera y con una demostración de habilidad, se paraban de manos en el tope de ambas. Apenas  llegué a mi casa, en cuanto vi que no había nadie, hice lo mismo. La mesa, una silla, luego otra y con gran determinación logré pararme sobre ellas, de la misma forma que vi en el circo. Mi madre entró en ese momento al comedor y al verme, se quedó sorprendida, pasmada. No gritó para no hacerme perder el equilibrio, pero sé que las ganas no le faltaron. Su expresión de susto y de asombro, la recuerdo con placer.

Mis años de niño los pasé en el edificio Urania Palota en Cluj; este edificio quedaba en la calle principal, en la Ferenz Joseph Ut. Tenía cuatro pisos y en la planta baja había otros negocios, además del cine Urania, como un mayor de pieles, una muy famosa pastelería y heladería llamada Takacs, una mercería, una frutería y una tienda de telas.

Uno de mis más extraños recuerdos, fue cuando a través de la ventana de mi casa, que estaba en el primer piso, vi cuando a la dueña de la heladería se le cayó dentro de la paila del helado una gallina que estaba pelando y preparando para su cena,  ¡y ni siquiera se inmutó!. Este hecho fue para mi repugnante, bajé indignado a reclamarle la  acción, supuse que botaría el helado, pero lo único que recibí a cambio fue una negativa, un regaño y una amenaza de paliza. Encima, la señora me tildó de mentiroso ante los demás.

Recuerdo con agrado la primera vez que fui al cine, por cierto al Urania; era una película de vaqueros, el actor era el muy conocido Tom Mix, ya estábamos al comienzo, a la entrada del moderno e injusto siglo veinte.

En mi época, el cine era mudo. El Urania tenía contratado a varios gitanos que tocaban música, lo más notorio era el violín y en la medida en que se desarrollaba la película,  los gitanos tocaban acompasando las acciones que veíamos. Si los actores corrían, la música era acelerada, o dramatizada en ocasiones según el temor o el riesgo y no faltaba la música romántica, cuando al fin quedaba unida la pareja protagonista, luego de tantas peripecias. Impresionaba ver a Tom Mix, corriendo tras los indios y a veces tras los bandidos; era el bueno contra todo lo que representaba la maldad. Se destacaban su habilidad al montar sobre los caballos y las piruetas que ejecutaba. A veces, lo veíamos disparando a los malos y cuando éstos trataban de hacerle lo mismo, Tom Mix de una manera muy propia, se ocultaba completamente acostado de un lado del caballo, lo que dejaba boquiabiertos a los malos y despertaba el entusiasmo del público; los espectadores nos levantábamos y aplaudíamos. Lo increíble era que las armas, tanto de los malos como las de los buenos, nos parecían mágicas, los actores disparaban y disparaban sin cesar y jamás se les acababan las balas...Y nunca se les caían sus sombreros. Las películas terminaban con un final de una lucha o batalla, en que siempre triunfaba el héroe en beneficio de la justicia.

En otra oportunidad, un famoso cantante llamado por pura casualidad Joseph Schmidt, y a quien no me unía ningún parentesco, vino a mi casa a comer invitado por mi padre. Fue un gran honor el recibir su visita luego de su actuación en el teatro, a la vez que fue al primer hombre que vi con zapatos de tacón alto. El era muy pequeño de estatura, pero su voz me parecía muy grande, tanto, que podría compararlo con la de Eddy Nelson y hasta con la de Janet MacDonald.

Debo reconocer la calidad de mis padres, pero al detallar mis recuerdos, veo cuán importantes debieron ser; mi padre fue por muchos años presidente de la comunidad judía de Cluj, además  fue electo alcalde de la ciudad por votación popular, aun siendo judío; mi madre, desde que yo recuerdo, fue la presidenta de Wizo, organización encargada de atender a los menesterosos y desvalidos. Tanto el uno como el otro compartían su tiempo atendiendo a sus hijos y cualquier aspecto comunitario que lo requiriese.

Al graduarme de bachiller, mi padre me dio como regalo una caja de cigarrillos, él sabía que yo fumaba y con ese gesto me permitía que lo hiciese hasta en su presencia. Para nuestra época, eso era muy importante. Además, me dio tres consejos que por siempre he recordado y ejercitado: El primero fue: nunca mientas, la mejor mentira es la verdad y para ser un buen mentiroso, debes tener una memoria privilegiada para recordar qué fue lo que le dijiste a cada uno y a la larga, siempre te descubrirán. Su segundo consejo demuestra su gran visión de lo que sería el mundo  actual  y su ideología. Me dijo: "aunque el hábito no hace al monje, ocúpate de vestir siempre bien, ya que la primera impresión es la que vale", y completó: "tu estómago no se puede ver, lo puedes llenar con pan y agua, eso jamás te podrá ser reprochado." El último de sus consejos lo considero como una transmisión de conocimientos mundanos. Me dijo: "cuando vayas a alguna parte a comer, a beber o simplemente a divertirte, deja siempre una  buena propina, para que se te abran todas las puertas. De no poderlo hacer, mejor es que te eximas de ir."

Nosotros vivimos en una época en Cluj, donde no sufrimos ningún tipo de persecuciones por el hecho de ser judíos. Toda expresión antijudía, a mi entender, comienza con la llegada de los húngaros, entre los años de 1939 y 1940.

Mi hermana Judith era cantante de ópera; aunque mi padre no le permitía dedicarse a ello como profesión, aceptaba que lo hiciera dentro del ambiente comunitario para colaborar con obras benéficas. Mi hermana, sin querer, se había ocupado de educar mi oído; ella practicaba la música y yo me deleitaba oyéndola. Pero cuando me llevó a ver mi primera ópera, quedé impresionado, se  trataba de Fausto. De repente, sin que yo me lo esperara, del escenario salió una llamarada y del humo apareció Mefistófeles, me asusté e inclusive grité. Con bondad y mucha paciencia,  mi hermana me abrazó y me dijo "ne fely" (no temas); muchos del público rieron, para ellos fue un episodio simpático, para mí, fue el despertar de mi pasión por la música y el teatro.

Cuando cumplí once años, pude haber emigrado a Palestina como muchos  otros jóvenes judíos. Pero mis padres no quisieron que nos separáramos; mi hermano mayor, Frank, unos años antes se había ido a México, vivía en la frontera con los Estados Unidos.  Este fue el motivo por el que mis padres no aprobaron mi viaje. Mi madre decía, y en verdad así fue, que ella sentía con el viaje de mi hermano como si hubiera perdido a un hijo y que no estaba dispuesta a perder otro más.

El conocer a dos famosos jugadores de la selección nacional de fútbol, los hermanos Cochuban, hijos del sacerdote ortodoxo Cochuban, ex-compañero de colegio de mi padre, y el poder tratarlos en persona, me inspiraron a dedicarme al fútbol; ellos me animaban y a veces me guiaban con algunos secretos del deporte. Recuerdo que desde mis siete años lo jugaba con pasión, servía como delantero lateral y a veces defendía la portería. Muchas satisfacciones saqué del fútbol. Estando en el equipo Hagibor, con apenas trece años de edad, un equipo rumano de mayor categoría, me pidió prestado para  defender una especie de campeonato estatal, donde logramos muy buena figuración.

No solamente logré destacarme en fútbol, ayudado por mi hermano y por uno de mis amigos de la infancia, Janovicz Otto, sino que aprendí y dominé otro deporte, el salto olímpico con esquíes. En el año de 1942, junto con mi amigo, representamos a nuestro colegio en el torneo nacional que se realizó en Horty-Csucs., sin que nuestros padres supieran nada. Ganamos el  primer lugar; no se nos dieron los trofeos, ni los méritos en cuanto descubrieron que éramos judíos.  Mis padres  se enteraron unas semanas después, durante el noticiero en el cine, esa misma noche llegaron a la casa orgullosos y  asombrados de nuestra osadía.

Titus Cornelio y Emil Marincas, eran amigos de mi hermano mayor. Emil era secretario de Julio Maniú,  Ministro de los campesinos de Rumania. En una oportunidad mandó una comisión desde Bucarest a donde mi padre, para que nos fuéramos a Rumania. Nos decía que  había  arreglado las cosas para que llegáramos y pasáramos la frontera.

Entre Cluj y Turda habría unos diez kilómetros de distancia. Con la delegación, además de tener un acceso seguro a la libertad, también se nos permitía llevar cuantas cosas quisiéramos. Mi padre,  quien fue muy acertado la primera vez con la mudanza que hicimos a la casa de mi tío en las afueras de  la ciudad, en esta nueva oportunidad se equivocó irremediablemente al no aceptar la propuesta del  amigo de mi hermano.

Uno de mis tíos era  un gran jajam (sabio). Yo era para él, el hijo que no tuvo. A la muerte de su mujer, perdió su fe. Aquel hombre, reconocido como sabio por los judíos del pueblo y de otras latitudes también, no pudo soportar la muerte de su amada. Esta lección me sirvió al muy poco tiempo, para aguantar con dignidad y resignación la falta de los míos, pero  a su vez me hizo más sensible en cuanto a otros seres humanos. Ambas posiciones las aprendí a respetar. Cuando mi tío Salomón Matías sospechó lo que nos podría ocurrir, tomó sus precauciones; él era un hombre además de inteligente, sumamente rico, poseía propiedades por doquier, tenía cuentas en Suiza y muchos Napoleones (monedas de oro). Un día me llamó y me dijo que entre los dos enterraríamos sus cosas de valor y que de volver cualquiera de la familia, las desenterrara y las usara para él y los suyos.

Esa noche, con unas medidas específicas, dimos veintidós pasos desde el árbol hacia el norte. Al llegar comenzamos con el pico y la pala hasta alcanzar un metro de profundidad. Ensanchamos el hueco y luego de comprobar las medidas, trajimos el baúl, cargado con Napoleones, algunos billetes de monedas extranjeras y -recuerdo bien- una leontina de oro, el reloj era hermosísimo. Cual personajes del inolvidable Robert Luis Stevenson en su Isla del Tesoro, revivimos las acciones de sus cuentos y al dormir soñé y me sentí protagonista de la historia, mi tío me había confiado su riqueza. En un gesto muy dramático, me transfería su esfuerzo y  los sacrificios de su vida.

Pero las cosas no son siempre como queremos que sean, son como son y basta. Cuando, terminada la guerra, volví a la casa de mi tío, los alemanes habían cavado a gran profundidad. Toda la propiedad había sido revisada. El terreno fue removido palmo a palmo, supongo que utilizaron para la búsqueda hasta un detector de  metales. El gobierno, no sólo nos mandó a la muerte, quería también nuestras propiedades y  nuestras cosas de valor.

Ya, desde el comienzo de 1944,  recogían a los judíos en las calles. Mi hermano Andor, se encontraba preso en Rusia. Tanto mi hermano Alexander como mi hermana Livia, casada y con hijos, lograron salvarse por haberse mudado a tiempo a Bucarest. Frank, como ya dije, vivía en México. Nosotros, al comienzo de la  invasión, sentíamos que seríamos ayudados por nuestros vecinos, eso sí  que fue mucho pedir.

Andor logró escapar de Rusia, en el año de 1950 y se estableció en Bucarest.  Por su experiencia lo contrataron como periodista de noticias deportivas en la radio y en el año de 1968, fue cuando solicitó  una visa de inmigración para Israel, la cual le hizo perder su empleo por varios meses. Unos años después mi hermano Frank, le mandó visa, lo mandó a llamar y al final, murió en los Estados unidos.

Fue en el comienzo del año de 1941 cuando empezamos a ver los trenes cargados de judíos.  En la ciudad, pensábamos que los llevaban a trabajar o en el peor de los casos, al frente de batalla, para que ayudaran en la construcción de líneas defensivas, nunca alguno de nosotros se imaginó lo que en realidad les ocurriría.

Recuerdo que por esos días, mis padres se ocupaban de recoger ropa usada y alimentos para llevárselos a los que iban en los trenes; creían que de esa manera estaban ayudándolos. Luego  supimos que las ropas no las pudieron usar y que la poca comida que se les daba no paliaban ni su hambre, ni su dolor.

A cierta edad nos obligaban a ir a trabajos forzados; yo me sentí envalentonado por mi edad y logré escaparme a las montañas, en los Cárpatos, con la intención de quedarme con los partisanos e irme. Llegó la noticia de que los jóvenes que se ofrecieran a trabajar espontáneamente, ayudarían a sus padres. Los míos, ya estaban en el ghetto, no podría dejar a mis padres abandonados. Creyendo que los ayudaría bajé de las montañas y me incorporé al trabajo en el ghetto de Cluj. A los jóvenes, nos enviaban a hacer distintos trabajos, limpiando calles, construyendo carreteras y demás. No sólo no se nos pagaba, sino que además  debíamos llevar nuestra propia comida. El precio que nos hicieron pagar únicamente por ser judíos, fue sumamente alto.

Hoy en día, me siento muy orgulloso de ser judío; pero aún no he podido encontrar una explicación al comportamiento de los nazis. Personalmente yo  caí como incauto con sus promesas. El ghetto estaba dentro de una fábrica de ladrillos. Durante años los judíos estábamos obligados a llevar una banda amarilla en el brazo o una estrella de David en el pecho con la palabra impresa: judío. La familia Matyas estaba eximida de usarlos gracias a méritos obtenidos por mi padre durante la primera guerra mundial; de cualquier manera, siempre la llevábamos puesta. Mi padre, además de sentirse muy judío, decía que debíamos de dar ejemplos, que no usar la banda o la estrella sería hacer sentir peor a los demás.

Dos semanas estuve en el campo. Llegaron los alemanes y nos montaron en el tren. Había llegado nuestra deportación. Mi padre contaba  60 años  de edad, mi hermana Judith tenía 29 años y yo, apenas había cumplido los diecinueve. No sé cómo explicarlo, pero de alguna manera, no veíamos la realidad. Era el año de 1944 y aún pensábamos en que la movilización era sólo para llevarnos a sitios de trabajo, jamás, nos imaginábamos, que cual manada de animales, éramos llevados al matadero.

Joseph Goebles, engañó a todos con su propaganda, las masas cambiaban sus opiniones empujadas por la manipulación pragmática y programada de los nazis, alemanes acostumbrados a vivir, a convivir con los judíos por cientos de años, al escuchar las consignas nazis, de que los males eran ocasionados por los judíos, reaccionaban convirtiéndolos a éstos de un día a otro como culpables de todo y como enemigos mortales.

Se sentían con el derecho de quitarnos, primero, la nacionalidad, además del derecho de cualquier ser humano de sentirse protegido y cuidado en su país de nacimiento, y hasta el de decidir la suerte de todos y cada uno de nosotros los judíos, excusados ante la vil patraña de considerarnos animales dentro de la especie humana por no ser según ellos, puros, ni arios.

La capacidad de su proyección era envidiable, sistemáticamente iban inculcando sus ideas, sus metas eran alcanzadas al igual que sus objetivos en forma impecable. Desafortunadamente volvemos a ver que la historia es guiada, dirigida y manipulada por  una sola mente. No son los pueblos, ni sus gentes, los que  cambian sus destinos, siempre ha habido y habrá alguien que con una mente enferma y en la creencia de ser  único poseedor de la verdad, arrastre a pueblos civilizados por el camino de su ambición y logre además convertirlos en depravados asesinos.

A toda la familia que  había permanecido unida en el ghetto, tanto los Matyas como los Schmidt, nos montaron en el mismo vagón; mi padre había tenido mucho cuidado de llevar sus Rujhsack (tahalit y tefilim), su mochila con sus objetos de culto, necesarios para el rezo diario. Antes de subir a los trenes, uno de los nazis me llamó y me nombró jefe responsable de mi vagón; ésto me hizo volver a creer. Pensé que a nuestra llegada, debería dar informes del viaje, pero de nuevo me equivoqué.

En el ghetto nos decían que nos estaban llevando a Hungría, a un campo de agricultura en el que trabajaríamos y así ayudaríamos a nuestros padres.  Con esa mentira, los jóvenes íbamos dispuestos a ayudar, a trabajar por el bienestar de nuestros padres. A un día de viaje, un niño le preguntó a su padre, de qué manera Dios castigaba a los niños, al lo cual respondió que a veces con pequeñas enfermedades, con pequeñas pruebas de fe. El niño en su inocencia, replicó que él quería que le cambiaran su nombre, porque según él, con el nombre que tenía ya lo habían castigado demasiado y que no soportaba más el castigo de seguir sin agua y sin comida.

El tren se detuvo en alguna estación, se abrieron las puertas y nos gritaron que bajáramos rápidamente a tomar algo de agua. De mi vagón muy pocos habían logrado bajar; yo, ágil por mi condición atlética y mi edad, aunque logré saltar del  vagón, no tuve el tiempo suficiente como para llegar a la fuente de agua que se encontraba en el fondo de la estación. La cola era interminable. Pasados escasos minutos sonó el pito del tren avisando que partiríamos inmediatamente. Ese día, los alemanes nos enseñaron  que no estaban jugando. A los que no se separaban de la cola en la fuente del agua, les comenzaron a disparar. Vi caer a uno, otro y otros. Di un salto y regresé a mi vagón, sin haber visto el agua.

Días después de llegado al campo entendí la situación. En algún momento, los gritos de los judíos pidiendo agua habían logrado ablandar el corazón de algún oficial al mando del tren, que supongo ordenó que se detuviera al llegar a la próxima estación y abrió las puertas para que saciáramos un poco la sed. La política de los SS era muy sencilla, la solución final era exterminar a los judíos. Cuanto más deshidratados y más débiles estuviéramos era mejor; primero, porque se requería de menos tiempo y cantidad de gas para eliminar a las personas; segundo, era más fácil manejarlos a su antojo y por último y más inhumano, luego de envenenarlos por el gas, era más rápido deshacerse de los cuerpos ya deshidratados al meterlos en los crematorios.

Sé que a alguno de ustedes esto le descompondrá el cuerpo; lo he sabido por más de 50 años, esa dolorosa verdad, no se la quise contar ni siquiera a mi hija. Siempre soñé que  esa horrible pesadilla era parte de un pasado sin retorno, creí que la raza humana en general, había sufrido toda por igual con el holocausto, y que con ese alto costo humano, los pueblos del mundo unidos jamás permitirían que cosa igual o similar se repitiera. Sin embargo, qué triste es saber que lo único que todos hicieron fue convertise en una gran mayoría silenciosa.

Creí en el hombre, en la humanidad, pero al ver de nuevo mi error no puedo morir llevándome mis secretos, no puedo vivir más, sin contar mi dolor; no es justo, que por mis miedos, mis temores, mis complejos, mi hija, mis nietos, y el mundo sensible desconozcan lo que pasó con su familia, con mi familia, con toda la familia judía.

Apenas estuvo lleno el tren, comenzamos nuestro camino agónico hacia la muerte; ahí estábamos, éramos más de 80 personas, la  mayor parte  de mi familia me acompañaba en ese viaje que para ellos fue sin retorno. El vagón carecía de cualquier tipo de comodidades, era uno de esos vagones en el que se acostumbraba transportar a los animales. Los alemanes nos transportaban de la manera más inhumana, se vanagloriaban de ello. Ibamos todos parados, el ambiente era por así decirlo, macabro, tosco, muy lúgubre. La luz apenas entraba por algunas ranuras de los tablones que tenían las paredes o por el pequeño boquete de uno de los dos huecos tipo ventanillas. Respirábamos en el ambiente un olor ocre; al no poseer baños, las necesidades se hacían por doquier, una pestilencia repugnante comenzó a rodearnos. Nuestros corazones supieron por primera vez lo que es vibrar en forma desbocada por horas y horas.

En nosotros comenzó primero un pequeño tormento, ¿el sitio al cual éramos transportados estaría en igualdad de condiciones?. Luego, a medida que iba avanzando el tren, cuando nos dimos cuenta de que carecíamos de comida y de agua, el miedo y la duda se centraron en si llegaríamos con vida o no.

Al fondo del vagón, una mujer gritaba su dolor. No era el momento ni el lugar pero la naturaleza había decidido que sería ese mismo día. La mujer estaba en su trabajo de parto. Una mujer con experiencia en casos similares, se  hizo cargo. Ordenó e hizo que los hombres se desplazaran al otro lado del vagón haciendo que nos hacináramos aún más en el poco espacio de que disponíamos.

Nuestras  mujeres siempre han sido dignas representantes de nuestro pueblo; tanto la parturienta como la comadrona nos enseñaron lo habilidosas, la paciencia y la fe con la que estaban hechas, nos contagiaron un poco con la esperanza que sentían. Mostraban al niño cual premio a nuestra ayuda. Fue una sensación de paternidad compartida, cada uno de nosotros transmitía su amor. Fue para mí una experiencia similar a la que tuve años después con el nacimiento de mi única hija Belinda. Pero de nuevo, la alegría no podía perdurar, nuestros destinos no habían sido trazados con la varita bondadosa únicamente, como más tarde dijo Churchil, debíamos de aportar nuestra sangre, nuestro sudor, nuestras lágrimas y yo agregaría: las vidas de nuestros seres más queridos.

Un día en el tren, nació un niño. Al otro día, murió un hombre. Gritos, llantos, rezos.

Mi madre siempre nos decía que no quería sobrevivir ni un solo minuto sin mi padre.  De su deseo, se encargaron  los alemanes, ambos fueron asesinados el mismo día. Durante el viaje, sé que mis padres trataron de tranquilizarme  sé que me estuvieron dando ánimos, no dudo que me transmitieron sus sentimientos, pero mi mente ha bloqueado toda esa vivencia. Mis recuerdos hacia ellos, en esos duros momentos me han fallado y aún hoy me fallan. Puedo ver a los demás, puedo recordar y sentir el olor, veo la oscuridad, oigo el dolor, el llanto, recuerdo y siento la sed y el hambre, revivo la angustia, el miedo, pero la imagen y las palabras de mis  padres durante ese agónico viaje, no las puedo recordar.

Pasan unos días y llegamos a nuestro destino. Se abren las puertas de los vagones y escucho gritos, hombres de la SS con sus perros  nos reciben, eran alemanes, eran los nazis, nos gritaban scnel-raus (rápido, afuera), sentimos un desahogo con la llegada, supusimos que las cosas mejorarían. De nuevo la realidad demostraba nuestro error.

Nos bajaron de los vagones, nos obligaron a formar filas de a cinco personas, veníamos abrazados. A nuestro recibimiento vino una orquesta de músicos judíos húngaros, me ilusioné. Por mis conocimientos de música, ya me veía formando parte de ellos.

La única verdad era que los alemanes, burlándose de nuestros futuros, nos deleitaban en las vísperas postrimeras de nuestras muertes.

Ibamos en dirección a un oficial impecablemente uniformado; éste (después supe era Mengele) dirigía a unos a la derecha dándoles una pequeña oportunidad de vida y a otros a la izquierda condenándolos a una muerte inmediata.. En ese preciso momento me separan de  los míos.

Un desgraciado asesino -nazi- decidió el futuro de mis padres, de mi hermana, mis tíos, mis primos y mis primas. He oído a otros que se despidieron de los suyos, he escuchado y envidiado el abrazo, los besos o las bendiciones que les dieron sus padres en ese último momento. Yo no lo tuve, y esto me enseñó a valorar en toda su magnitud, a mi familia, a mis amigos y a los míos.

Estábamos en el mes de junio de 1944, luego de haber pasado la  primera selección nos llevaron a tomar un baño; nos afeitaron la cabeza a rape y a la salida nos fue entregada la pijama de prisionero. De ahí, nos metieron en una barraca, que se llamaba tzigeiners laguers (sólo judíos y gitanos). Eramos como 800, dormíamos unos encima de otros. A la mañana siguiente, nos hacen un apel (control) y un oficial nos da un gran discurso. Nos advirtió que seríamos pasados a través de una máquina Röen Goen, una máquina  de rayos X, que seríamos revisados minuciosamente y que de encontrarnos en nuestras entrañas joyas, piedras preciosas o cosas de valor, seríamos fusilados ipso facto. Nos recomendaba, que lo inteligente era decirlo antes de que ellos lo descubrieran, que reconocerlo era de valientes y que serían perdonados. Pero los que  por temor u otros motivos no lo hicieran, serían fusilados y abiertos como animales, para ejemplo y obediencia.

La misma tarde hicieron otro apel (presentación) y nos preguntaron a cada uno  nuestra profesión. A la gran mayoría los destacaban a Kies Grupe, o sea a unos equipos de trabajo sumamente duro, de mucho riesgo. Cuando me llegó el turno, a su pregunta, les respondí en alemán, con su acento, de que había estudiado en una escuela técnica industrial, me separaron y me llevaron a un lugar apartado;  en ese momento yo no sabía dónde estaba, pero me sentía cómodo. Como dije, el sitio quedaba apartado de las barracas en la parte más alta del campo de concentración. Al llegar me dieron un plato de sopa, luego uno de los judíos también preso conmigo, me  obsequió un cigarro hecho con una especie de raíz enrrollado con papel usado de bolsas de cemento. Esto sí que me extrañó.

Me pusieron a trabajar en una gran caldera, me dieron instrucciones de que vigilara la presión del vapor y que no permitiera que pasara de tal temperatura, o de lo contrario reventaría y acabaría con todos nosotros.

El trabajo era sencillo, la comida que me daban era abundante, el sitio de trabajo era cómodo, los compañeros prisioneros eran amables conmigo, pero la pestilencia que rodeaba toda la instalación era insoportable. Entendí por qué se nos daban tres raciones de comida al día. Entendí de inmediato, por qué los alemanes ante tal olor, nos dejaban solos y permitían que los prisioneros fumaran a escondidas.

En mi segundo día en el campo y en el cargo, hicieron otro apel; pasando lista, a mi lado un muchacho menor que yo me preguntó si hablaba idish. Me dijo que era judío. Se llamaba Janek, era polaco de una ciudad llamada Sosnovich; en ese momento él fue quien me dijo que estábamos en el campo de exterminio de Birkenau y que nosotros estábamos trabajando en los crematorios. Mi cuerpo se descompuso, mi tensión dio un bajón que me llevó a punto de perder el sentido. El instinto de supervivencia humano reaccionó a tiempo, de lo contrario mi asomo de debilidad en ese momento de apel, habría sido fatal.

Hay cosas en la vida que hemos hecho sin saber, sin pensar, hay cosas en la vida que nos hacen recordar que sólo somos humanos y cuando vemos nuestro triste pasado, nuestra cruel realidad, nos  sentimos muy mal.

Por siempre he vivido con ese dolor, los alemanes, aun cuando no pudieron matarme, destrozaron mi mente; el solo pensar que mis padres y casi toda mi familia murió en Birkenau y el saber que desde el mismo segundo día trabajé en las calderas, en los crematorios y que de alguna manera con mis propias manos tuve algo que ver, es casi como sentirse responsable de sus muertes.

Cuando pasamos el apel, le conté a mi nuevo amigo lo que sentía, compartió el dolor conmigo y desde ese mismo instante nació entre los dos una amistad que sólo la muerte logró separar. Mi hermano de campo, así nos llamábamos, me dijo que un oficial de la SS asignado en los crematorios con nosotros en Birkenau, se había criado con él en su misma casa, bajo la protección de sus padres y que éste le había dicho que se fugara, que estaba dispuesto a ayudarlo, pero Janek no se sentía tan valiente como para hacerlo solo. Me preguntó si sería capaz de fugarme con él. Me tomé la noche para pensarlo. Sabía que los nazis habían acabado con mi familia y al no tener lazos que me unieran, decidí acompañarlo.

Janek, entusiasmado con mi compañía, habló con su amigo el SS y fue éste el que nos proporcionó el plan de fuga. La rutina era sencilla, todas las mañanas traían caminando a dos grupos de prisioneros desde Auschwitz hasta Birkenau. A unos para  su meta final y a otros los sacaban para trasladarlos a otros campos, bien sea por su utilidad futura, o por los requerimientos en otros campos de mano de obra especializada.  El plan, muy simple; nuestro amigo el guardia se haría la vista gorda en el momento que nos coláramos dentro del grupo de prisioneros que serían trasladados en trenes a otros campos.

No fuimos ninguna clase de héroes, éramos simplemente dos jóvenes solos, con muchos deseos de vivir y con una suerte muy especial de haber logrado que a uno de los monstruosos SS, dejando a un lado sus ideales y quizás ya cansado de asesinar, respetó los lazos de amistad que por muchos años durante su infancia entretejió con mi amigo.

Los que trabajábamos en los crematorios no teníamos número tatuado, supongo que el tiempo que nos iban a dejar en esos cargos eran cortos y no justificaban hacerlo. Eran las 7 de la mañana cuando logramos mezclarnos con el grupo que llevaban a montar en los trenes para los diferentes destinos. Fue muy rápida la fuga, en menos de una hora me encontraba con mi amigo rumbo a la vida, o al menos eso pensábamos.

De nuevo los mismos vagones, la misma ansiedad, la misma angustia, revivíamos un pasado reciente. Cuando nos trajeron la primera vez, veníamos acompañados de los nuestros, veníamos con una esperanza y un sueño, teníamos temores, pero jamás imaginábamos la triste realidad. Ahora, conscientes de la capacidad sanguinaria de nuestros enemigos, sólo nos quedaba esperar, rezar, desear y esperar.

Los judíos, doy testimonio por ellos, no éramos considerados seres humanos. Eso es una cosa, pero aunque nuestro destino final según ellos era la muerte, cada uno de nosotros tenía un fin previsto por los alemanes. Cada uno de nosotros, marcado como bestias, era importante para ellos. Los nazis estaban comprometidos con su líder, a ninguno de nosotros se nos permitía escapar.

Cuando llegamos al destino, minuciosa y rápidamente hicieron el conteo, en ese tren dos pasajeros sobrábamos. Les fue muy fácil detectarnos, como les dije antes, fuimos los únicos prisioneros que no teníamos números tatuados ni asignados.

Nos llevaron tanto a Janek como a mí frente a unos oficiales nazis, nos empezaron a preguntar. Ellos eran unos maestros en lo referente al castigo y métodos de tortura. Cuando el amigo de mi amigo nos ayudó, junto con el plan de fuga, nos instruyó que de descubrirnos, deberíamos mantener ambos la misma versión, que nos habíamos perdido.

Ante las preguntas de los alemanes dijimos que solamente hablábamos rumano, que no les entendíamos, llamaron a un checo judío para que nos sirviera de intérprete, le conté la verdad de nuestra fuga, le dije que hablaba perfectamente el alemán, que habíamos perdido en Auschwitz a toda nuestra familia  y que le dejaba en sus manos el futuro de nuestras vidas. Pienso, que le dimos lástima.

Este hombre les tradujo que éramos técnicos mecánicos muy especializados; en ese momento, el capo no judío y presente en el interrogatorio dijo que él nos podría utilizar en el campo. Los alemanes aceptaron como cierto nuestro relato y aunque no se lo podían creer, tampoco supieron qué hacer con nosotros. Nos asignaron a mi amigo el número 49.287 y a mí, el 49.288.

Nos mandaron a trabajar a una fábrica llamada Durier Fulner, eran unos galpones enormes, en donde se fabricaban las hélices de sus aviones. Estuvimos en el campo de Hirschberg desde el mes de junio hasta el mes de septiembre. Al comienzo teníamos fuerza y como al capo no judío le encantaba el fútbol, formó varios equipos entre los prisioneros. Después de cada  partido, nos daba una buena sopa, pero en la medida en que poco a poco fuimos perdiendo condiciones y fuerzas, ya no pudimos seguir jugando.

En este campo trabajábamos turnos nocturnos, comenzábamos a trabajar a las 5 de la tarde y terminábamos de mañana. El día primero de noviembre de 1944 incursionaron los aviones rusos bombardeándonos. Los alemanes nos obligaron a meternos en las barracas y ellos se protegieron en los refugios antiaéreos.

En uno de los bombardeos se me ocurrió la idea de fugarnos de nuevo. Llamé a  mi amigo Janek y complacido, me terminó de animar. Para poder escaparnos, debíamos  tomar la decisión de la ruta a seguir al salir del campo; a derecha o a izquierda, esa vez, seguimos mi intuición y por desgracia nuestra, me equivoqué. Ese día estuvimos muy cerca de nuestra libertad, pero no llegamos muy lejos. Al equivocar la ruta, nos metimos en la misma boca del lobo. Los mismos campesinos nos capturaron  y nos devolvieron al campo.

Apenas entramos en éste, nos sabíamos hombres muertos. No teníamos ningún tipo de esperanzas. El propio comandante habló de matarnos, era lo mínimo que suponíamos nos harían. Alguien opinó que el mejor ejemplo sería que nos dieran frente a todos los prisioneros 25 latigazos, como señal de castigo. Afortunadamente para mí. y no para mi amigo Janek, esta segunda opción me permitió seguir viviendo.

Dos judíos fueron los encargados de propinarnos el castigo y era de todos sabido, que de no golpearnos con suficiente y demostrada fuerza, ellos recibirían otros latigazos a cambio. Nos subieron a un banco, nos pusieron de rodillas y empezó el martirio. uno, dos, ...hasta el latigazo veinticinco. Por meses no me pude ni sentar, tuve que dormir boca abajo, el dolor era inaguantable, tanto que mi amigo Janek no lo pudo soportar y a los pocos días murió.

Nadie se puede imaginar, el dolor que  me causó la pérdida de mi amigo. Cuánto me arrepentí de haber sido yo el que decidió la fuga. Por años ese episodio de mi vida me ha quitado lo mejor de mis sueños, me recuerda que la vida tiene un costo y a veces más alto de lo que imaginamos, que las decisiones no pueden ser tomadas al albur, que debemos de meditarlas, que lo que parece fácil, no siempre lo es y me demuestra que de alguna manera los seres humanos no se pueden catalogar con una sola etiqueta. Lo increíble, lo ilógico y muy especial, dentro de mi experiencia personal, es que alguien siendo mi mayor enemigo, me ayudara a sobrevivir, solamente por ser amigo de su amigo.

En enero de 1945 brota una epidemia de tifus, somos 380 los judíos enfermos en el campo de concentración, de esos, solamente quedamos 22. Nos mantienen aislados, para evitar el contagio, nos dejan la comida a la entrada de la puerta.  Evitan a como dé lugar estar cerca de nosotros.

Para colmo, un día uno de los capos alemanes se contagia y a los pocos días muere. Eso hace cundir el pánico, ya ni se atreven a darnos de comer, además me da gangrena en el dedo pulgar.

Recién salido de tifus, ahora me tocaba lo peor. El médico alemán me dijo que no tenía posibilidades de salvar el dedo, que de no amputarlo inmediatamente, me deberían amputar toda la mano. La cosa no terminó ahí, al otro día que volví con mucha fiebre, el diagnóstico fue peor. Ahora, según el médico, se me tendría que amputar toda la mano, la gangrena iba en pleno progreso y cada minuto que pasara restaba posibilidad en lograr  la detención del mal. El diagnóstico era sumamente grave, por no haber aceptado la amputación de un solo dedo, según el médico, ahora se me debería amputar toda la mano.

No, ya no quería perder algo más, me rehusé a morir con mi cuerpo desmembrado.

Valentía o simple cobardía. El miedo no me permitía tomar una lógica determinación y mi cuerpo desfallecido por el hambre, no ayudaba mucho. Me permitieron regresar a mi barraca; en el próximo apel, ya sabrían qué hacer conmigo. Preocupado, temeroso, adolorido y sin un compañero al cual arrimarme en busca de consuelo, esperé el final.

Entre sueños y sollozos vi a uno de los prisioneros acercárseme, me imaginé que lo movía la curiosidad, o el simple deseo de apoderarse de mi ración de comida. En la vida vemos que catalogamos a la gente con la primera impresión, muchas veces nos damos cuenta de que nos equivocamos tal como me sucedió ese día. El que se me acercó era un muchacho joven, no muy fácil de descubrir, por su aspecto demacrado y desaseado. Sin embargo, luego me enteré que se trataba de un médico.

Sí, para mi suerte, me tocó estar en su misma barraca. Me chequeó y confirmó lo que me habían dicho anteriormente, de haber amputado el dedo a tiempo, ahora no existiría la necesidad de amputar el brazo. Le dije que de ninguna manera me prestaría a ello. Viendo mi determinación y sin nada más que hacer, me dijo que haría hasta lo imposible por ayudarme, pero sin garantías.

Este médico me tomó el dedo enfermo y le hizo una cantidad de cortes en forma estrellada, en total fueron seis cortes a lo largo de la yema del dedo. Con una gran paciencia, comenzó a masajearme el brazo desde el hombro hasta la punta del dedo, durante dos días sin descanso estuvimos empujando hacia afuera los coágulos y el pus. Así, en el sitio menos aséptico, en las inimaginables condiciones sanitarias posibles y con los implementos más rudimentarios, este hombre, con su paciencia, salvó mi dedo, mi mano, mi brazo y mi vida. El dedo mantiene la prueba de lo que digo, es lo  único que aún hoy demuestra lo sufrido.

En el mes de marzo llegué a pesar un poco más de treinta kilos. Empezaron a traer más prisioneros, suponíamos que estaban cerrando otros campos, pero no sabíamos de dónde se estaban retirando, nos montaron en vagones y nos llevaron a Warmbrunn, luego a Greiffenberg, Görlitz y como próximo destino, Gross Rosen, en el centro de Polonia. Ahí había transportes que traían a la gente de otros campos. Uno de los prisioneros que venía con nosotros dijo tener tifus, se asustaron los alemanes, nos separaron del grupo, nos montaron en un camión y nos mandaron a Durnau, un campo que quedaba cerca de la ciudad de Brno.

Durnau, era una especie de campo de exterminio; a los débiles los metían en una barraca y bien sea al primero o al segundo día, sin agua ni alimentos, morían irremediablemente.  Los grupos de limpieza los sacaban y los enterraban en fosas comunes.

Mi gran suerte comienza de nuevo con la desgracia y esta vez por parte de los alemanes.  Hacen un apel, preguntan por quiénes habían pasado ya el tifus. Con miedo, con recelo, me atreví a decir que yo lo había pasado. Me sacaron de la barraca, me llevaron a los baños, me asearon, me dieron ropas limpias, me alimentaron muy bien, como por años no habían hecho. Toda esta bondad y este cambio, debería de tener un significado, hasta el momento lo desconocía, pero sólo me tocaba esperar.

Me comienzan a dar clases de cómo inyectar, tanto vía endovenosa como por vía intramuscular. Cuando siento cierta seguridad, le pregunto a mi instructor, qué estaba pasando. Nada más y  nada menos, que  había brotado el tifus en Brno, en el campo, del lado de los alemanes. Muchos de ellos se encontraban con el mal dentro del hospital, pero ninguno de los médicos o enfermeros de ellos  se querían acercar por temor a contagiarse. Pero para eso estábamos los judíos, paradójicamente, deberíamos  salvar a nuestros verdugos, a nuestros asesinos.

Dentro del hospital, recibíamos los medicamentos y la raciones de cada uno de los alemanes enfermos, además de la nuestra. El menú era muy completo, sopas, papas hervidas, verduras, pan y salchichón. Atendí a los enfermos con suma dedicación, Dios es mi testigo; recibí regalos de ellos, pero lo más importante era  que  al estar ellos enfermos, era muy poco o casi nada lo que podían comer, por lo tanto era mucha la comida sobrante. Esos días me sobrealimenté, y por las noches de regreso a mi barraca, llevaba las sobras y las repartía entre los demás prisioneros.

Una noche, camino a mi barraca, se oían tiros, cañonazos, oí un quejido en un hueco, debajo de una barraca destrozada por los bombardeos, me metí y logré sacar a dos  personas heridas, eran padre e hijo. Los metí en el Hospital junto con los alemanes enfermos y lograron salvarse. Me enteré luego de que el padre falleció luego de la liberación por comer en exceso.

En este campo había un capo alemán que en repetidas ocasiones demostró hacia los judíos un cierto respeto, muy posiblemente se imaginaba lo que pasaría. Nosotros ya creíamos que la guerra se acercaba a su fin. Este alemán tenía una radio,  escuchaba atenta y preocupadamente las noticias. A finales del mes de abril de 1945,  él ya sabía que venían las tropas alemanas retrocediendo. Desde ese momento nos atendió aún mejor, nos decía que era un padre de familia, que temía por su suerte. Hoy al evocar mis recuerdos, me imagino lo que ese alemán pensaba, él estaba seguro de que al igual que fuimos tratados los judíos, la venganza de los libertadores, sería realizada de manera similar. En conciencia, es lo que se merecían, pero en nuestras manos no está ni estará justificada la sentencia de la ley de Talión, "ojo por ojo y diente por diente".

Volviendo a él, nos pidió que al liberarnos, él se vestiría con ropa de prisionero para que lo escondiéramos entre nosotros y así lo hizo. A través de él nos enteramos que Alemania capituló el día 5 de mayo de 1945.

El día de la capitulación, dos soldados rusos montados en un Jeep, se presentaron en el campo, dieron un discurso, del cual no entendí nada y se marcharon. Uno de los prisioneros que recibió parte de la comida que yo hurtaba en  el hospital, fue mi  traductor. El prisionero checo nos informó que la guerra había terminado, que todo pertenecía a Rusia, que podíamos irnos.

Salimos del campo, el prisionero checo y yo, nos dirigimos a la casa de unos alemanes, quienes muertos de miedo, nos permitieron, cual vencido a vencedores, que tomáramos lo que quisiéraqmos. Comimos opíparamente, nos regalaron ropas y cuando nos marchábamos, vimos que tenían en la parte posterior, un caballo y una carreta.  La robamos. Aquel dicho de que "quien roba a ladrón tiene cien años de perdón", lo pusieron en práctica unos soldados rusos que nos encontramos a unos veinte kilómetros de distancia.

A éstos se les había acabado la gasolina de su moto y no viendo posibilidades de rellenar el tanque, encontraron más atractivo ir montados cómodamente en nuestra carreta que arrastrando la moto. Nos hicieron bajar, dejaron tirada en el suelo su moto y nos  robaron la carreta.

Empujando la moto, nuestra primera adquisición, tras un sacrificio de más de tres horas, llegamos a casa de otros alemanes. Luego de la capitulación los alemanes se transformaron. De aquellos asesinos, altivos militares, depravados y verdugos, ya no quedaba nada, los alemanes, se tornaron temerosos, sumisos, cobardes. Daban la impresión de ser casi humanos.   Ya aclarada la posición de ellos, podrán darse cuenta de cómo eran las cosas, muerto el Rey, puesto el Rey. Nos aseamos en esa casa, nos volvimos a cambiar de ropas y luego de comer, encontramos que ellos tenían gasolina, llenamos el tanque y nos pusimos en marcha.

Pudimos avanzar un par de horas, hasta que otros rusos nos detuvieron y nos la volvieron a quitar. Pero esta vez no fue solamente la moto, ellos nos exigieron los papeles y como comprenderán éramos un par de indocumentados. Nos llevaron detenidos al cuartel general de su destacamento. ¡Qué ironía del destino!, nuestros salvadores, nos apresaban, aquello era desquiciante.

Puestos prisioneros del ejército ruso, esperamos temerosos ante nuestros enemigos por los acaecimientos. Era una absurda e inconcebible situación. Un día, pasamos de esclavos condenados a muerte, a ciudadanos libres y triunfadores, por el solo hecho de haber sobrevivido luego de tantos castigos, donde siempre fuimos humillados por los alemanes. Ahora por escasos momentos veíamos a nuestros verdugos y poderosos enemigos destruidos en su orgullo y en su ideología y de nuevo, pendientes del castigo que nos impondrían nuestros salvadores por carecer de documentación.

Ellos, según nos dijeron, creían que éramos espías con mensajes luego de ver nuestros artículos religiosos, escritos en hebreo. Para los demás, cualquier excusa era suficiente. Seguíamos siendo judíos.

Cuando comienzan a interrogarnos, le transmito a mi amigo en idish (lenguaje utilizado por los judíos de la parte de Europa Central), que no se ponga nervioso, que no tenemos nada de que temer, que ningún mal habíamos hecho y que lo peor había ya pasado. Uno de los oficiales rusos resultó ser judío, nos tranquilizó, nos informó que no requeríamos de documentación,  luego dio la orden para que nos alimentaran, nos dejó en libertad y nos dijo que podíamos ir donde quisiéramos.

La amistad es muy importante, pero más es la fuerza del llamado de la familia. Unos vagones del tren, con unos avisos muy grandes, decían que iban rumbo a Budapest, pensé en mi familia, me despedí de mi amigo checo y me embarqué en el tren.

El día 25 de mayo de 1945, llegué a Cluj tenía en ese entonces 20 años. Me fui directamente a ver si en mi casa podrían estar alguno de los míos, no encontré nada, no estaban. Al salir, uno de mis vecinos me dijo que mi hermana Livia estaba viva, que se había mudado a la casa de una prima para no estar sola.

Para mí, el reunirme con mi hermana fue como el encuentro con un fantasma. Cada día en el campo oré por los míos, pero sabiendo la forma en que éramos tratados, conociendo la inigualable maldad y viendo a la muerte tan a menudo y desde tan cerca, siempre supuse lo peor.

Al verla, nos abrazamos, lloramos, de tristeza y lloramos de alegría, lloramos esa  noche y  al otro día.

Me quise enrolar en el ejército americano. Se estilaba que si lo hacíamos voluntariamente, podíamos obtener la nacionalidad americana. Tenía unas ganas enormes de conocer a mi hermano Frank, a quién solamente vi por primera vez en el año de 1950, cuando vino a Caracas, Venezuela, para mi boda.

Estaba en el Campo número 52, nos dieron los uniformes americanos. Mientras tanto, me nombraron curier de ese campo. Me enviaban con la correspondencia militar a distintos lugares de Italia, estábamos supuestos ir a la lucha contra Japón en el mes de agosto. Pero las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y en Nagasaki, terminaron con la guerra y también con mi carrera militar.

Estando en Roma, me encontré con un señor de mi ciudad, quien me dijo que mi hermana Judith había regresado. Sin esperar ni un solo instante, así mismo, uniformado como estaba, regresé de la manera más rápida posible a Cluj. Días de viaje, días de esperanzas, días de sueños, días interminables, donde la perspectiva y el deseo de ver y de saber  de los míos, volvió a hacerme revivir.

Corriendo subí a la casa de mi prima. Al llegar, se desinfló mi mundo, retorné a la realidad. En mi cuerpo y en mi mente, repetí mi luto, mi dolor. El señor que me había encontrado en Italia, se había equivocado. Sí, había visto a mi hermana, pero era a Livia y la había confundido con Judith. Luego de explicarle a mi hermana el error, volvimos a llorar desconsoladamente como en el primer día de nuestro encuentro y como al recordarla también, lloro hoy.

TIBOR MATYAS SCHMIDT por Samuel Akinin levy

 

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    Abraham Prudencio

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    El precio de los libros casi siempre es menor que el de las grandes superficies y la diversidad es mucho mayor ahorrando por lo tanto tiempo y dinero|Si adopta la opción de compra online existen un conjunto de premisas que debería tener en cuenta además de varias ideas a tener en cuenta como por ejemplo el asegurarse muy bien de las características

    por: patricial Literatura> Biografíasl 18/01/2012 lVistas: 37
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    Juan de san Grial es el heredero directo y sucesor de los Perfectos cátaros. En su nombre se ha unido la tradición espiritual del Oeste y del Este, que viene del Cristo a través de María Magdalena y San Andrés Apóstol ("el primer llamado").

    por: Caballero del Griall Literatura> Biografíasl 26/12/2011 lVistas: 46

    Como ya tengo cuarenta y cuatro años, dos hernias discales, casado en segundas nupcias, un hijo y algunos papeles publicados, he decidido compartir este decálogo cojo que me acompaña a todas partes.

    por: patricial Literatura> Biografíasl 19/12/2011 lVistas: 15

    Debo reconocer que el cacharro dispositivo electrónico que más disfruto en la actualidad es el lector de libros electrónicos. Hoy me gustaría dedicar una entrada para todos aquellos que no tienen muy claro qué es, para qué sirve y cómo sacarle partido.

    por: patricial Literatura> Biografíasl 19/12/2011 lVistas: 16

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    por: Claral Literatura> Biografíasl 26/10/2011 lVistas: 38

    Quién puede hablarnos de los hombres cuyo valor trasciende toda contingencia y constituyen para nosotros ejemplos morales, sociales, culturales y políticos; justo cuando las palabras de honestidad y transparencia son simples vocablos líricos y vacios de campaña electoral. Ahora más que nunca debe reconocerse a un hombre libre, digno y puro; quien no tenía porque inmolarse en nombre de una mejor condición socioeconómica y educativa, y en contra de un sistema nefasto: Luís de la Puente Uceda.

    por: Orlando Luján Corrol Literatura> Biografíasl 20/10/2011 lVistas: 24
    samuel akinin

    Nos vamos dando cuenta de que algunas de las cosas que nos ordenan en las costumbres y obligaciones judías van como tomando forma y luego de miles de años descubrimos de que poseían no tanto un sentido que nos indicaba la intención de aseo como sí una especie de purificación de nuestro cuerpo y de la sangre.

    por: samuel akininl Espiritualidad> Judaísmol 17/09/2011 lVistas: 55
    samuel akinin

    Cuando veas a las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo. no podemos ni debemos quedarnos al margen de los acontecimientos, ya debemos entender que somos parte de la historia por nacer, que cada uno de nosotros tiene un papel que hacer y que su silencio en nada puede ayudar a la humanidad

    por: samuel akininl Literatura> No Ficciónl 10/09/2011 lVistas: 12
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    La evolución del mundo nos permite ver y aceptar que las sagradas ecrituras judías contaban con una fuente de información inexplicable.

    por: samuel akininl Espiritualidad> Judaísmol 04/09/2011 lVistas: 33
    samuel akinin

    en su lucha inagotable, el hombre se encuentra con su sombra y no sabe que pasos dar. le incógnita de los que nos toca, de lo que se está uno perdiendo y por ende lo que dejamos de hacer al estar pendiente de ello

    por: samuel akininl Literatura> Ensayosl 27/04/2011 lVistas: 33
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