De Mis Inicios Periodísticos En Tiempos De Franco

Posteado: 08/06/2009 |Comentarios: 5 | Vistas: 1,479 |

Cuando yo estudiaba en el colegio, al periodismo no se le consideraba una profesión seria, en el sentido de actividad que tuviese algún prestigio social y una remuneración suficientemente digna.

No hacía falta cursar ninguna carrera universitaria para ejercerla; si acaso, pasar tres años en una Escuela Oficial que tutelaba en Madrid el Ministerio de Información y Turismo del franquismo, del que en mi época se ocupaba, con la obsesiva determinación que ha puesto siempre en todas sus cosas, Manuel Fraga Iribarne. Además, para entrar en ella no era preciso haber hecho el último curso del colegio, el preuniversitario, que se decía entonces.

Años después, coincidiendo con el pase del periodismo desde las viejas escuelas a las flamantes Facultades de Ciencias de la Información, el debate se centraría en que si para ejercer semejante actividad laboral hacía falta o no un carné que acreditase la profesionalidad de su poseedor así como su pertinente titulación académica.

Los defensores de esa tesis corporativa y reglamentista  eran los menos y estaban encabezados por Luis María Anson desde su puesto de presidente de la Federación Nacional de Asociaciones de la Prensa. En el extremo opuesto se argumentaba que para ser periodista no hacía falta más que saber ejercer el oficio, de la misma manera que no se es poeta porque lo diga así una presunta Facultad de Poesía, ni para jugar al fútbol hace falta haber estudiado previamente en una Escuela Oficial que lo acredite. Los más beligerantes activistas de este grupo eran Juan Luis Cebrián, entonces director-fundador del diario El País y más tarde Consejero Delegado y Vicepresidente del Grupo Prisa, y Pedro J. Ramírez, quienes coincidieron así en algo quizás por única vez en su vida. 

Por aquella condición casi infamante del periodismo de mi época colegial a la que aludía, a nadie del centenar largo de mis condiscípulos en Santiago Apóstol se le ocurrió semejante salida profesional. Ni a ellos ni, sobre todo, a sus padres, por supuesto. Hubo la solitaria excepción de Bernardo Arriandiaga, un chico alto y de expediente académico muy discreto quien, al parecer, se orientó luego hacia la información deportiva, si bien nunca llegué a tropezarme con él en mi posterior vida periodística.

En semejante ambiente, se entiende que yo estudiase entonces Económicas y Derecho con los jesuitas de la muy exclusiva Universidad Comercial de Deusto: aquélla sí que era considerada una opción universitaria presentable, acorde con mi expediente académico colegial y que gozó del beneplácito de mis padres. Para ser precisos, ellos habrían preferido que yo hubiese acabado siendo ingeniero industrial, ya que éstos eran los titulados que entonces estaban de moda, los que se rifaban las empresas aun antes de haber acabado la carrera y a quienes las madres de chicas casaderas querían como maridos para sus hijas.

A mí aquel plan me aterraba, por lo que sugerí que quería hacer Medicina en Valladolid.

--¿Valladolid, dices? Eso está lejísimos.

--Pues yo quiero estudiar Medicina y el sitio más cercano es Valladolid.

--Tú estudiarás ingeniero, ¡faltaría más!

Para mis padres, el que me marchase a estudiar fuera de casa sin haber cumplido ni siquiera los 17 años no era algo planteable, así que debimos llegar a una especie de transacción: ni ingeniero ni médico, sino con los curas de Deusto, haciendo una carrera doble que les habían dicho que también daba mucho dinero y que además tenía la ventaja de que se estudiaba en Bilbao.

--No se hable más –zanjó mi padre.

Y jamás volvimos a hablar del tema.

Vertebrada mi conducta por ese esquema de valores tradicionales, nunca se me ocurrió que el periodismo fuese una actividad a la que uno pudiera dedicarse profesionalmente y, menos aún, que requiriese ningún tipo de formación académica. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

El periodismo me había gustado siempre como una diversión adolescente, lo mismo que cuando era más pequeño me divertía hacer funciones teatrales en las fiestas y cumpleaños familiares, con una sábana deslizándose a modo de telón por una cuerda sujeta entre dos paredes, o, ya en la pubertad, formar efímera pareja de futbolín con Pedro Ruiz de Alegría, un vehemente y sanguíneo carlistón por herencia familiar, partidario acérrimo de Carlos Hugo de Borbón y Parma. Por cierto, este aristócrata venido a menos, cuando la transición democrática acabaría por cargarse él solo el carlismo cuya legitimidad histórica ostentaba, poniendo fin así ni más ni menos que a siglo y medio de disputas sucesorias y a tres guerras civiles por la llamada cuestión dinástica. Carlos Hugo, nacido en Bélgica y casado entonces con la princesa Irene de Holanda, llegó a autodenominarse "el príncipe obrero" y a preconizar un pastoso e indigerible socialismo autogestionario. Mi amigo Ruiz de Alegría, alineado hasta las cachas con las tesis progresistas del heredero de Carlos VII frente a la otra corriente más pastueña y conservadora que se mantenía en la línea reaccionaria del carlismo tradicional, en el momento en que Carlos Hugo les dejó a él y a sus compañeros políticamente huérfanos se pasó directamente al PSOE, como tantos otros de sus correligionarios, entre ellos el que luego sería ministro de Felipe González y condenado por el caso GAL, José Barrionuevo.

En el contexto cultural descrito hasta aquí, se entiende que yo nunca llegase a dar la menor importancia al primer periódico que hice como editor cuando sólo tenía 11 años. Para realizarlo, había buscado la complicidad, más bien pasiva, de dos compañeros ocasionales de juegos infantiles a los que apenas he vuelto a ver en mi edad adulta: el ya desaparecido Pepe de la Rosa y Javier Borbujo. Llegué a pergeñar, como si de un diario de verdad se tratara, creo que cuatro folios, con otras tantas copias mecanográficas hechas con papel carbón. La última es de suponer que resultaría completamente ilegible, pero daba igual: lo importante era vendérselas, al abusivo precio de un duro de 1955, a los padres de los tres involucrados en el asunto.

Recuerdo vagamente los contenidos de aquel periódico, no tan intrascendentes como en un principio pudiera creerse: había hasta sección de deportes y el tema editorial de fondo trataba ni más ni menos que sobre Charles De Gaulle, a quien atribuí equivocadamente la condición de mariscal del ejército francés, en vez de la de general. Ése sería el primer despiste de los muchos que supongo jalonarían después mi vida profesional aunque, afortunadamente, no haya sido consciente de la mayoría de ellos.

La realización del único número de ese primer periódico, del que no recuerdo si tenía o no nombre, me debió dejar tan agotado que no volví a intentar algo parecido hasta tres años más tarde, aquella vez en el colegio. Ese otro periódico sí que llevaba cabecera: se llamaba pretenciosamente El Heraldo y hasta tenía dibujado en la esquina superior izquierda el busto de un tipo soplando por una especie de embudo.

Lo hice con Jesús Juan Pérez, el rapsoda de clase, un chaval que mostraba una envidiable imperturbabilidad recitando versos en las fiestas escolares e interpretando los papeles infantiles del pomposo aunque entrañable Cuadro Escénico de Antiguos Alumnos, que dirigía abnegadamente José Abascal y que periódicamente representaba en el salón de actos de nuestro desaparecido colegio divertidos sainetes de Carlos Arniches y obras costumbristas de los hermanos Álvarez Quintero. A veces, en plan más enjundioso, nos ofrecía incluso La vida es sueño, de Calderón, o El divino impaciente, del poeta gaditano José María Pemán, autor, por cierto, de la letra oficial del himno nacional español durante la época de Franco.  

La tecnología para confeccionar el segundo periódico de mi vida había avanzado desde mi intento anterior y esta vez lo realizamos a multicopista, que era aquella maquinita con manivela, luego llamada vietnamita por razones obvias, con la que años más tarde los grupos políticos clandestinos imprimirían los panfletos de oposición a la dictadura franquista. Claro que Jesús Juan Pérez y yo ignorábamos entonces todas estas cosas y muchísimas otras más que pudibundamente nos velaban para nuestro bien los Hermanos de La Salle con los que estudiábamos.

No recuerdo gran cosa de aquella intentona: ni siquiera cuántos números llegamos a hacer de El Heraldo ni cuáles eran sus contenidos. Supongo que diferirían muy mucho del proyecto inicial que le presenté al Hermano José, un fraile bajito y desconfiado, responsable de nuestro curso, y que tuteló el periódico o más bien ejerció sobre él la censura y el control que eran de rigor.

Aunque no lo sabía en aquel momento, ése iba a ser el sino de mi futuro profesional: la capacidad de los demás de tomar mis ideas, de desvirtuarlas y de quedarse al final con ellas.

No debió durar mucho aquel asunto. Mi tercer intento como editor aficionado no se produciría hasta la mili, después de haber acabado ya mi carrera de Económicas en Deusto. Era 1966 y yo ya había conseguido averiguar por experiencia propia lo que era el franquismo y hasta había luchado contra él en mi pequeño papel de primer representante de la Universidad de Deusto en el Comité Intercentros, que venía a ser en Vizcaya el modesto equivalente del mayoritario Sindicato Democrático de Estudiantes de Barcelona que tantos quebraderos de cabeza dio durante sus últimos años al régimen de Franco.

En aquella agitada y frenética época de oposición estudiantil a la dictadura, el número uno de los dirigentes universitarios en Bilbao era un tal Joaquín Leguina, alumno de la Facultad de Económicas estatal, quien con el tiempo y con la democracia llegaría a ser presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid. ¡Nadie lo habría imaginado en aquellos tiempos tan oscuros, tiempo de silencio, como titularía en 1962 su famosa novela el psiquiatra donostiarra Luis Martín Santos!

Leguina había logrado convertir su sola presencia física en un hecho de por sí subversivo. Me contaban compañeros suyos de Facultad que, en ocasiones, cuando algún veterano miembro de la Brigada Político-Social, como se denominaba la policía política del régimen, se topaba con él en la calle, llegaba a prevenirle, dada la continua relación que ya había llegado a establecerse entre ellos:

--Oye, tú, mejor será que desaparezcas inmediatamente de esta zona, porque si se arma un alboroto serás el primero a quien detenga, aunque no hayas hecho nada.

El muchacho también irritaba hondamente a los catedráticos más reaccionarios de la Facultad, quienes le profesaban una inquina contumaz y profunda. Uno de ellos, que le había suspendido reiteradamente por razones ideológicas en su asignatura del último curso, se vanaglorió ante sus compañeros de claustro:

--Yo, a ése, no le aprobaré en los próximos mil años.

--¡No fastidies! –le replicó un colega menos visceral o más inteligente que él –Si no le apruebas, vamos a tener a este tipo haciéndonos la vida imposible en la Facultad toda la vida. Así que tú mismo.

Convencido finalmente de su error el catedrático, me explicaron que así fue cómo consiguió acabar Joaquín Leguina la carrera de Económicas, antes de irse a estudiar demografía a París y a poner luego sus conocimientos en la materia al servicio del Chile revolucionario del difunto Salvador Allende.

De aquellas jornadas clandestinas, llenas de excitación y miedo, al menos por mi parte, recuerdo, entre otros, a Jose Axpe, luego en la órbita de Herri Batasuna, según creo; al ya citado Pedro Ruiz de Alegría, que estudiaba Peritaje Industrial y que acabaría como delegado en Navarra del gobierno socialista de Felipe González, tras haber sido consejero de Industria en el Gobierno de coalición en Euskadi de socialistas y nacionalistas; a Luis María Aguiriano, también del PSOE, y a Xabi Echevarrieta, que sería el primer miembro de ETA que asesinase a un ciudadano inocente, al miembro de la Guardia Civil José Pardines, y que acabaría él también abatido a tiros por las fuerzas de seguridad.

Todo eso que iba a suceder en un próximo futuro resultaba entonces imprevisible, claro está. Estaba diciendo párrafos más arriba que yo había llegado ya a Recajo, Logroño, a hacer la mili como soldado de segunda clase en el aeródromo de Agoncillo, que también era Escuela de Formación Profesional del Ejército del Aire. Se trataba de una auténtica ciudad, bastante extensa, en la que pernoctaban más de mil personas y que estaba dotada de todos los servicios necesarios, incluida para mi sorpresa una granja, con sus vacas y sus cerdos. Mi papel en aquella institución, durante diecinueve largos e interminables meses, fue trabajar de enfermero en el botiquín donde, sin preparación sanitaria alguna, llegué a poner más de mil inyecciones.

Una anécdota cogida casi al azar revela la sordidez y la falsedad de aquellos años aparentemente regidos por los principios de la ley y el orden. Entre los soldados de reemplazo más veteranos que yo encontré un chico al que, nunca supe por qué, le debí caer bien. Se llamaba Alfredo Soria y, junto a un grupito reducido de reclutas, recibía clases de alfabetización dada la deficiente educación que él, como tantos otros, había recibido antes de incorporarse a la mili. A ese mismo muchacho me lo topé en Barcelona meses después de haberme licenciado. Vestía buena ropa, aunque de aspecto informal, fumaba una pipa que le prestaba un equívoco aire intelectual y tenía carnés que acreditaban su matriculación en seis facultades distintas.

--¡En seis! –exclamé, asombrado, cuando me mostró la documentación que así lo acreditaba.

--Tú sabes que no puede ser, porque me conoces de la mili. Pero, oye, que los carnés son legítimos.

--¿Y cómo los consigues?

--De la misma manera que conozco tu ficha policial –me dijo --; porque pertenezco a la brigada político-social.

Antes de que pudiese reponerme, añadió:

--Pero esto es un secreto. Tú no digas nada de mí y yo tampoco contaré nada sobre ti donde tú ya sabes.

Aparecieron entonces en la Plaza de la Universidad los amigos a los que yo estaba esperando, algunos de los cuales conocían de vista a Alfredo, al que consideraban un condiscípulo más, ignorando su condición policial. Éste, sin inmutarse, hizo como si reemprendiese conmigo una conversación interrumpida por su llegada:

--Pues, como te iba diciendo, la teoría cosmogónica del Bing-bang...

Ése fue un hombre, digo, que había conocido en el ejército, en aquella institución que de todas las instituciones antidemocráticas del régimen franquista era la que lógicamente se llevaba la palma. En ella uno no podía andarse con chiquitas. He aquí un ejemplo mínimo: un día, en la pizarra de un aula de la base aérea aparecieron pintadas con tiza una hoz y un martillo, dibujadas probablemente con la misma inconsciencia que el autor habría puesto en trazar una svástica o poner eso tan manido de "tonto el que lo lea". Pues bien, se montó una auténtica aunque infructuosa caza de brujas, en la que destacó el protagonismo de un comandante apellidado Martínez de Rituerto.

Pese a aquel ambiente opresivo, logré involucrar al capellán castrense en el proyecto de una revista para nuestra base militar que contribuyese a la superación intelectual de los jovencísimos alumnos de la escuela-taller, a su mejor preparación moral y demás bla-bla-bla con los que adorné la venta de la idea. En la revista acabaría colaborando también, cómo no, el inefable y receloso comandante Martínez de Rituerto.

Quienes carecían de cualquier tipo de formación en aquel centro eran precisamente los militares, con lo que resultó más fácil de lo esperado el colarles por la mismísima escuadra de su portería ideológica, uno tras otro, un montón de goles. En la susodicha revista había humor, en ella se practicaba una crítica amable hacia la vida cotidiana en la base militar, se hacían reflexiones de carácter cívico-democrático y hasta se publicaban artículos sobre el cantautor Raimon, considerado subversivo a la sazón, y sobre algunos otros temas situados en la frontera del riesgo personal.

Otro soldado con tan poco espíritu castrense como el mío, al que conocí por aquellas fechas, compartió conmigo el leve peso de la revista. Ésta se llamaba, ni más ni menos, El Papelín Recajense, con lo que queda absolutamente claro el tono en que estaba escrita. Mi compañero, en cambio, tenía un nombre normal: Pep Munné. Era un catalán de Piera, un tipo espléndido del que tuve la fortuna de hacerme amigo, con una amistad que ha perdurado más allá del tiempo y de unas ausencias infinitamente más largas, por desgracia, que las presencias.  

Haciendo la revista, aprendí mucho de los jovencísimos estudiantes de oficialía industrial de la escuela. De su abnegación, de su esfuerzo y de su ilusión. Entre todos, recuerdo con particular cariño a Francisco Iruarrízaga y a Juan Lázaro. ¿Qué habrá sido de sus vidas?, me pregunto muchas veces, ya que los erráticos avatares del destino no me han permitido volverlos a ver; ni a ellos, ni a tantos otros.

Allí también aprendí, además, una serie de cuestiones técnicas de imprenta que desconocía absolutamente hasta ese momento y sobre las que nunca he acabado de estar muy ducho, debo reconocerlo con honestidad. Tirábamos la revista en el taller de la propia escuela y en él vi por primera vez una máquina plana de imprenta, fotograbados y correcciones de pruebas de los textos originales. Aun así, mi dedicación al periodismo no parecía que fuese a trascender más allá de esta mínima anécdota de mi época militar.

Sobre cómo era en aquella época mi futura profesión me he ido enterando a posteriori, obviamente. Mucha de la información se la debo a Josep Pernau, con quien pasé unos inolvidables años, primero en El Brusi, que era como se conocía a Diario de Barcelona y luego en El Periódico de Catalunya.

Pernau me explicaba sucedidos e historias de los años sesenta, anteriores a aquella Ley de Prensa de Manuel Fraga Iribarne de 1966 que suprimió la censura previa en los periódicos y los sometió a la más sutil autocensura y al "usted ya sabe a lo que se expone", significando con esto que si uno se pasaba de la difusa raya establecida por la legislación del régimen tendría que apechugar con las penas arbitrarias con que podía ser sancionado.

Mi amigo Pernau, un periodista progresista y hombre de bien a quien debo mi primer puesto de trabajo en un periódico, había ejercido durante años la profesión en El Correo Catalán, donde proliferaban tipos singulares, como Josep Morera Falcó, a quien tuve ocasión de conocer, el cual durante un tiempo acudió a la redacción del periódico con casco militar, sin ningún motivo que lo justificase, y que, como responsable de la sección de deportes del rotativo, mostraba una celotipia irrefrenable ante la joven y emergente promesa del periodismo deportivo Quique Guasch.

En aquella redacción de gente mal pagada y abocada al pluriempleo, a falta de auténticas noticias que pasasen el fielato de la censura, se había entrevistado a insólitos personajes. Entre ellos, a uno de los muchos pretendientes carlistas al trono de España. Hay que recordar que Francisco Franco estuvo vacilando antes de promulgar la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1969 sobre cuál sería la mejor salida política a su régimen, al que él mismo había calificado como monarquía futura una veintena de años antes de aquella fecha. Por si acaso, matrimonió a su nieta mayor con Alfonso de Borbón y Dampierre, primo de nuestro actual monarca, Juan Carlos I. También buscó aspirantes dentro de la línea antagónica a la alfonsina, cuya legitimidad representaba Don Juan de Borbón. Es decir, buceó en la familia carlista, buscando candidatos más domeñables que el indómito y progresista Carlos Hugo ya citado. A un patético e indigente aspirante a quien entrevistaron un buen día en El Correo Catalán, le preguntaron:

--¿Qué será de usted en el futuro?

--Si puedo, seré Rey –respondió honradamente el hombre--; si no, me gustaría montar un garaje.

La historia ha perdido la pista de nuestro personaje, del que no se sabe si llegó nunca a instalar su anhelado taller de automóviles. Con todo, la anécdota es representativa del esperpento político-informativo que se perpetraba por aquellos días.

El país de esa época no era ya el de comienzos del siglo XX, con unos periodistas a caballo de la postración y de la miseria. En lenguaje vulgar: unos muertos de hambre. Una conocida anécdota atribuida a Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones, cuando era presidente del Consejo de Ministros la ejemplifica perfectamente:

--Señor Presidente, que le esperan los periodistas en la sala de al lado –le dijo su secretario particular.

--¡Ah, sí! ¡Pobrecitos! –respondió el aristócrata --Que los entretengan echándoles de comer.

Bien entrada la posguerra, repito, el país no era ya aquel tan miserable de Romanones, pero aún campeaba en él el hambre colectiva, con unos periodistas tan menesterosos, tan dóciles y tan indocumentados como el resto de la población. Para la mayoría de ellos, el pluriempleo, más que tratarse de una opción personal, se convertía en una necesidad vital. Uno de los periodistas de aquel Correo que en su época gloriosa llegó a superar los 80.000 ejemplares diarios de venta compaginaba su modesta dedicación a la prensa con la aún menos lustrosa ocupación de repartidor de hielo. Entonces, recordemos, casi no existían en España frigoríficos, frigidaires, se decía, a la manera francesa, porque no había quien pudiese pagar los precios prohibitivos de los electrodomésticos. Los hogares tenían unas fresqueras o alacenas exteriores, ubicadas en las zonas más ventiladas de las casas, en las que se almacenaba la comida más perecedera. Poco tiempo después hubo también unas neveras que mantenían temperaturas frías pero que no producían hielo. Allí es donde aparecía nuestro hombre, con barras de hielo menguadas ya por el viaje en tranvía o en autobús y con las manos ateridas por su transporte.

Algunos periodistas, sin embargo, llegaban a montárselo bastante bien con aquello del pluriempleo. El más glorioso de los personajes de ese tipo fue para mí Paco Cortés. Simpático y dicharachero, había sido inspector de casas de putas en la inmediata posguerra, según contaba, y su especialidad era abrumarnos a sus compañeros con historias de aquella época y de aquella dedicación profesional.

Cuando le conocí, en 1973, por las mañanas era censor de la delegación en Barcelona del Ministerio de Información y Turismo, en régimen de dedicación completa. Por las tardes, trabajaba en Radio Nacional de España, con idéntica jornada de siete horas. Por las noches, hacía el triplete cubriendo el turno de guardia de Diario de Barcelona. Al parecer, no hallaba el hombre incompatibilidad alguna, ni moral ni horaria, en tan dispar y hasta contradictoria dedicación. Sólo Manuel Martín Ferrand, recién nombrado director de su periódico, se atrevió a acabar con la ubicuidad laboral de nuestro hombre:

--¿A qué hora dices que finaliza Paco Cortés su jornada laboral en Radio Nacional? --le preguntó a uno de sus subalternos.

--A las diez de la noche --le respondió éste.

--¿Y a qué hora se supone que comienza su jornada con nosotros?

--A las siete de la tarde.

--Pues, desde mañana, ya lo sabe: que esté aquí a las siete en punto.

A partir de aquel día, de aquella noche, más bien, el bueno de Paco Cortés perdió para siempre uno de sus tres queridos sueldos.

También Martín Ferrand acabaría perdiendo la dirección de El Brusi, en su caso por decisión directa del Palacio de El Pardo, residencia oficial de El Caudillo.

Es que el régimen de Franco, ya lo dije antes, no se paraba en barras a la hora de tomar represalias contra los desafectos. Y Manolo Martín Ferrand ya había experimentado en sus propias carnes alguna prueba de ello antes de dirigir Diario de Barcelona. Concretamente, cuando conducía el programa informativo nocturno de Televisión Española, la única televisión de España en aquella época, donde todo era en blanco y negro, tanto en la pantalla del televisor como en la vida misma. Una noche, mi admirado colega cerró su programa con unas espeluznantes escenas de desfoliación masiva causadas en Vietnam por aquellas bombas de napalm que lanzaban los norteamericanos. Sobrecogido por la secuencia, el presentador dijo algo así:

--Con la escalofriante visión de esta salvajada nos despedimos por hoy.

Se comentó entonces que fue la propia embajada de los Estados Unidos la que pidió la cabeza del periodista. No hacía falta, porque el régimen era oficioso de por sí y no necesitaba incitación exterior alguna para practicar la represión informativa. Desde entonces, Martín Ferrand fue un periodista marcado y eso explica también su exilio, digámoslo así, a Barcelona, donde fue acogido por Arturo Suqué, yerno de uno de los hombres que financiaron la campaña militar de Franco durante la Guerra Civil: Miguel Mateu. Semejante protección, lo anticipo ya en este instante, no impidió su posterior defenestración en Diario de Barcelona. Después de aquello, Martín Ferrand encabezaría otro proyecto informativo en Madrid, el diario Nivel, que no llegó a salir a la calle la noche misma en que se imprimía su número 1 debido a la sempiterna y omnímoda decisión administrativa de turno y, probablemente, porque precisamente él figuraba al frente del non nato rotativo.

La historia que le costó la cabeza a quien era entonces mi director en El Brusi fue bien sencilla. Comenzó el día mismo en que murió en Puerta de Hierro el ex dictador argentino Juan Domingo Perón. El acontecimiento modificó a última hora de la tarde la paginación entera del diario y obligó al típico baile de temas y de artículos a lo largo de todo el periódico. Poco antes del cierre quedaba un hueco en las páginas de opinión:

--¿Qué podríamos meter ahí?

--Yo tengo un artículo recién acabado de escribir –dijo, con su mejor intención, Antoñito Guerra.

Guerra era un periodista sevillano que había tenido que salir por piernas de su ciudad, acosado por el caciquismo local tras la publicación de un libro en el que, con todas las cautelas que exigía el asunto del que trataba y con la prudencia que imponían las circunstancias políticas de la época, el autor fustigaba a la clase dirigente sevillana.

--¿De qué va el artículo? –le preguntó el director, que solía supervisar personalmente aquella página, por la cuenta que le tenía.

--De nada importante: de un concurso de misses.

Así, con esas prisas, y dado el carácter intrascendente del tema, se publicó el artículo sin haber sido leído previamente por ninguno de los responsables de la redacción.

El texto no era nada del otro jueves. El asunto resultaba trivial, y su tratamiento, irónico. Había sucedido que unas mujeres de la Sección Femenina, como se llamaba la rama falangista de ese género que presidía la propia Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, el fundador de la Falange, habían protestado por la celebración del típico concurso de belleza. Decían, puede incluso que con razón, que tal acontecimiento atentaba contra la dignidad de las mujeres. Al ironizar sobre ese sucedido, Antonio Guerra se permitió la ligereza imperdonable de jugar con las palabras: a la Sección Femenina del Movimiento Nacional, como se denominaba entonces a la Falange, la rebautizó como "sección uterina del Movimiento". ¡Dios, la que se armó!, como decía el título de una novela de aquellos tiempos de la que era autor Francisco Candel.

Arturo Suqué, propietario del periódico, fue llamado a Madrid, donde se le amenazó directamente:

--¡Parece mentira que un hombre como usted permita esas cosas en su diario!

--Ha sido sólo un modesto artículo.

--¿Modesto, dice? ¡Indigno, más bien! ¡Infamante! ¡Atentatorio a la esencia misma del Régimen!

--Si puedo hacer algo para remediarlo...

--Demasiado tarde. El delito es tan grave que, sintiéndolo mucho, nos vemos obligados a cerrar el periódico.

--¿A cerrarlo?

--¡Claro! ¡No podemos permitir la existencia de un periódico sin control, desde el que se ofenda impunemente al Régimen!

--Pe... Pero... –balbució su propietario-- ¿No podríamos hallar una solución menos drástica?

--Bueno... –contemporizó su interlocutor—  A lo mejor podemos perdonarle a usted esta vez. Pero sólo por ser usted quien es. Sin embargo, es absolutamente preciso que despida al director del periódico.

--¿Despedirlo?

--Sí. Si no, ya sabe, el cierre.

Ése fue el abrupto final de la efímera experiencia periodística de Manuel Martín Ferrand en Barcelona. En El Brusi había conseguido agrupar a algunos de los mejores periodistas de aquella época: Margarita Rivière, Jordi Negre, Enric Sopena, Antonio Franco, Álex J. Botines,... Sin duda, los de talante más liberal y más democrático. En honor de Martín Ferrand debo decir que fue mi primer director de periódico y una de las personas de las que más he aprendido sobre esta dichosa y absorbente profesión.

En su breve estancia barcelonesa, supo incardinarse en una sociedad que lo había recibido de uñas a causa de su procedencia foránea. Era tan hábil el hombre que supo hacer en seguida de la necesidad virtud. Aún recuerdo como si fuese hoy la estupefacción con que, recién llegado nuestro periodista a Cataluña, le escuché decir en un programa radiofónico de ámbito nacional de aquella época:

--Nosotros, los catalanes, tenemos una expresión...

Y se quedó tan fresco.

No viene al caso el dicho que utilizó, ni tampoco conservo los detalles del momento. Sólo sé que a raíz de la impresión que me causó decidí aplicarme con el mismo esmero y la misma desenvoltura que él a integrarme de hoz y coz en aquellos lugares adonde la ruleta de la profesión me llevase en un futuro. Vistas las cosas ahora, retrospectivamente, creo que no he quedado malparado en mi empeño, tanto en Barcelona, como en Salamanca y en Valencia: tres ciudades y tres regiones a las que he amado y amo como lo haría el lugareño más forofo de cualquiera de ellas.

Toda esta historia de la represión padecida por Diario de Barcelona y su director que he acabado de narrar no era la excepción, sino la regla, en uno de los periodos más siniestros de nuestra reciente historia colectiva.

Yo había padecido ese tipo de experiencias previamente en Radio Nacional de España, mi primer destino profesional, al que llegué no siendo ya un jovencito. Detrás quedaba mi trabajo como economista en la empresa multinacional Nestlé y mi dedicación a la docencia mientras estudiaba tardíamente la carrera de periodismo. Pero ésas, como le gustaba decir al bueno del escritor anglo-indio Rudyard Kipling, son otras historias.

En Radio Nacional entré accidentalmente por culpa de Ángel Montoto, compañero en la Escuela de Periodismo en Barcelona, quien me propuso elaborar conjuntamente una serie de guiones radiofónicos ya que, según me dijo, tenía un enchufe indirecto con el jefe de programas de la emisora, Juan Manuel Soriano.

Soriano, la voz, como le conocían todos dentro del mundillo profesional, fue toda una institución entre los extraordinarios profesionales del doblaje del cine que siempre ha habido en España. Las voces que recordamos de actores famosos de los años cincuenta y sesenta, como Robert Taylor, Kirk Douglas y tantos otros, eran la de Juan Manuel Soriano, quien tenía un empaque especial y una impostación sonora rotunda. No era el único locutor de gran estilo en una radio en la que se refugiaba uno de los mejores cuadros de actores de la época, con gente como Miguel Ángel Valdivieso, quien prestó su voz a los personajes de Jerry Lewis, primero, o Woody Allen, más tarde.

Con la irresponsabilidad propia de la edad, Montoto y yo fuimos a nuestra entrevista con el jefe de programas de RNE en Barcelona sin llevar escrito ni un mal folio, con lo que el encuentro estaba abocado al fracaso. Mi compañero, que era el presunto enchufado de nuestro anfitrión, fue haciendo el gasto de la conversación, como resulta lógico. Soriano no me había prestado ni un segundo de atención hasta que me oyó hablar. Se volvió entonces hacia mí e inquirió:

--¿No ha pensado usted en dedicarse a la radio?

--Precisamente venimos a eso. Pensamos en una serie de guiones...

--No me refiero a escribir para la radio, sino a hablar por el micrófono.

--Yo... Pues no, nunca se me había ocurrido.

--Con la voz que usted tiene, debería hacerlo.

La verdad es que, meses más tarde, Soriano me daría magníficos consejos sobre locución que no supe o no pude seguir. Entre mi dicción atropellada y una voz que debieron cascar prematuramente el tabaco y otros excesos juveniles, el hablar en público no ha estado precisamente entre mis principales cualidades.

Siguiendo con el relato de la entrevista, nuestro interlocutor añadió:

--¿Por qué no se presentan ustedes dos a unas oposiciones para redactor de la radio que hay dentro de unos días?

Me presenté con la doble convicción de que las oposiciones estaban amañadas para dar uno de los tres puestos convocados a Anna Balletbó, gran profesional que ya llevaba tiempo trabajando sin contrato en la emisora, y de que, por otra parte, dado el control ideológico del medio, un tipo como yo no tenía ninguna oportunidad de conseguir empleo allí.

Así que aquellos fueron los exámenes a los que acudí más relajado de todos los que he sufrido a lo largo de mi vida. El local de las pruebas era la misma aula familiar en la que había pasado mis recientes años como alumno de periodismo. En el tribunal, entre otros, estaban el propio Juan Manuel Soriano, mi antiguo director de la Escuela, Julio Manegat, Xavier Foz, un tipo de aspecto siniestro llamado Luis Cortés e Iván Tubau, quien años después seduciría a mi esposa de entonces, Anna Freixas, tal como él no se cansa en repetir y de recordar con denuedo y por escrito, siempre que puede, cambiando, eso sí, en los sucesivos libros el nombre de la dama, por aquello tan caballeroso de injuriarme solamente a mí y no a ella. Quizás vuelva más tarde sobre este sórdido asunto que ha aparecido aquí de refilón, aunque personalmente creo que no merece la pena.

Sorprendentemente, saqué la plaza como redactor de radio. Creo que el argumento definitivo para obtenerla fue el tema que el tribunal eligió para editorializar oralmente sobre él, en una de las pruebas en principio más complicadas de aquellos exámenes: "La teoría de Leónidas Breznev sobre la soberanía limitada", rezaba su título. Al enterarse del tema, la estupefacción de mis compañeros de oposición debió ser tal que aún no se han repuesto del pasmo. Lo bueno del caso es que yo sí sabía sobre el asunto, no me pregunten por qué. En general, me interesaba por entonces la política internacional, a falta de curiosidades intelectuales menos comprometidas, así que pergeñé un discurso completo sobre la cuestión, remontándome a la época de los zares y haciendo digresiones radicalmente críticas contra los rusos, por supuesto, que iban desde la Tercera Internacional hasta la ocupación soviética de Checoslovaquia, pasando por cuantos asuntos conexos con el tema me vinieron a la memoria y sobre los que los miembros del tribunal ignoraban absolutamente todo.

A medida que iba viendo los asombrados rostros de mi atónito auditorio, empecé a barruntar que a lo mejor hasta acabaría por obtener la plaza.

La obtuve.

De los tres puestos en liza sólo se cubrió el mío, según el tribunal debido a la gran diferencia de puntuación respecto al siguiente opositor. La injusticia cometida con Anna Balletbó fue reparada al aprobar ésta, una semana después, la oposición a redactora de Televisión Española, de donde hoy día es miembro del consejo de administración por decisión del PSOE.

Mi jefe directo en Radio Nacional fue un tal Alfonso Banda, que había entrado con las tropas de Franco en Barcelona, en 1938, ocupando manu militari Radio Asociació antes de haberse quitado ni siquiera el correaje militar que llevaba puesto durante la campaña bélica. Treinta y cinco años después de aquello, creo que el hombre seguía con el mismo correaje, si no materialmente, sí desde el punto de vista ideológico.        

Por aquella redacción de Paseo de Gracia deambulaban en general unos tipos prematuramente envejecidos por el alcohol y la rutina, desengañados de su oficio y de sí mismos, que esperaban paciente y estólidamente que el reloj diese la hora que ponía fin a su turno diario.

En un escenario tan poco estimulante, yo también procuré pasar inadvertido. A veces no lo conseguía:

--Me han dicho que en su programa ha citado usted a Joan Manuel Serrat –me recriminaba, por ejemplo, Alfonso Banda.

--¿Yo...? ¡Qué va! –protestaba con vehemencia --¿Cómo se me iba a ocurrir mencionar a semejante individuo?

Y es que en la radio oficial de aquellos años no solamente existía la censura, sino que había una serie de tópicos, de personas y de instituciones que eran tabú, aunque no figurasen en ninguna relación escrita que pudiese ser exhibida en ningún momento. En aquella singular relación de gentes proscritas --cantantes, escritores, instituciones cívicas,...-- figuraban también la Asociación de Amigos de la Unesco y hasta la ¡Asociación de Amigos de la India!, que presidía el jesuita Raimundo Paniker.

El último filtro de aquel sistema concentracionario de la información, que impedía que esta se difundiese por las ondas, era el bucle. El tal consistía en ir grabando todo lo que se iba diciendo ante los micrófonos para retransmitir esa grabación ocho segundos después de que se fuese produciendo. El artilugio permitía al realizador radiofónico cortar bruscamente la emisión en caso de que alguien dijese algo políticamente inconveniente. Aun así, lo mejor para ahorrarse problemas era reducir al mínimo las emisiones en directo, por lo que casi todo se daba previamente enlatado.

También la televisión tenía unos trucos domésticos y primitivos para embellecer la realidad y adaptarla a la conveniencia del régimen. Se trataba de los cajones. Sí, de simples y modestos cajones que los equipos televisivos portaban cuando se producía una de aquellas espontáneas manifestaciones de adhesión que el sistema político organizaba de vez en cuando para su autobombo. Cuantos menos participantes había, más cajones se ponían bajo las cámaras para filmar así en picado y evitar que se viesen los clamorosos espacios vacíos tras los manifestantes. Así, una manifestación era de dos cajones, o de tres, o de cuatro cajones, según las necesidades de ocultación de la realidad.

Mi cometido radiofónico en aquella época consistía en redactar breves partes informativos horarios, como mis demás compañeros y, además, en realizar y presentar un programa diario con noticias regionales, del que lo más piadoso que se puede decir es que resultaba nauseabundo. Sobran ejemplos para corroborar la frustración profesional que producía aquel pequeño universo de absoluta desinformación. Un día mi jefe me notificó:

--A partir de hoy se incorporará a tu programa un comentario de crítica literaria que hará José María Tavera.

¡Qué bien!, me dije, a pesar de la escasa confianza profesional que me inspiraba el personaje. Sin embargo, la realidad superó a la peor ficción que uno hubiese podido imaginar. Instalado a mi lado en el locutorio, al llegar el turno de su primera crítica literaria, el tal Tavera cogió uno tras otro los tres libros que llevaba y se limitó a leer las respectivas solapas. Tal cual.

La ventaja de grabar ése y otros programas y de emitirlos en diferido es que a uno le daba tiempo a reponerse del pasmo experimentado y del bobalicón silencio subsiguiente que suele producirse en estos casos. Algo parecido me sucedió en otra ocasión con el comentario de sucesos que hacía en mi programa Enrique Rubio, buen periodista sobre temas policiales, al margen de otras consideraciones menos amables para su persona desde el punto de vista ideológico. Un día, al acabar su crónica de un atraco con víctimas, el hombre se explayó:

--¡Y aún dicen algunos que habría que acabar con la pena de muerte! ¡Las asociaciones de vecinos y los colegios profesionales que presumen de demócratas son los culpables de estas cosas! ¡Mano dura es lo que hay que tener con los delincuentes! ¡Y no permitir que asociaciones de tres al cuarto les den cobertura!

Así siguió el hombre durante un buen rato. Al acabar de hablar Rubio, me arriesgué:

--Enrique, me has creado un problema.

--¡Ah!, ¿sí? –se extrañó.

--Sí. Un problema de conciencia.

--¡Ah!, vamos...

--Acabas de hacer todo un editorial tras haber dado la información. Como yo soy el que llevo el programa, se infiere que si no te contradigo es que estoy de acuerdo con todo lo que has afirmado, lo cual no es cierto. Así que una de dos: o mantienes lo dicho y yo hago ahora otro editorial radiofónico en sentido contrario, o borramos esto último que acabas de decir.

Enrique Rubio lo pensó un rato, sopesó pros y contras  y finalmente aceptó que cortase su arenga justiciera.

Creo que con estas pinceladas puede apreciarse cómo eran la época y el lugar en los que a algunos nos tocó vivir.

Entre aquella mugre intelectual había también sus excepciones. Por allí andaba, sin hacer ruido, Juan Soto Viñolo, persona de bien y notable crítico taurino, que se sacaba unas pesetillas que completasen su sueldo de redactor escribiendo las respuestas del consultorio radiofónico de Elena Francis que patrocinaba la marca de cosméticos Elizabeth Arden. Soto ya ha exorcizado sus demonios personales con un libro en el que narra lo hecho por él entonces en aquel programa que justificaba y difundía las valores más rancios de la represiva moral tradicional.

Al margen de los servicios informativos de Radio Nacional, que funcionaban como un auténtico comisariato político, había otros programas, tanto en la radio pública como en el canal comercial, llamado Radio Peninsular, que utilizaban los servicios de grandes profesionales. A vuelapluma recuerdo a Andrés Caparrós, a Pepe Ferrer, a Fernando Rodríguez Madero, a Miguel Rey, a Ricard Fernández Deu, a Antoni Serra y a Juan de Dios Ramírez Heredia, que llevaba un programa de coplas y que acabaría siendo el primer eurodiputado gitano del PSOE.

El que más prometía de todo aquel plantel era un chico de Ponferrada, alto y desgarbado, que incluso se quedaba a veces durmiendo en el locutorio, tal era su obsesiva y enfermiza dedicación a la radio. El chico aquel se llamaba Luis del Olmo y su nombre sirve hoy día, con justicia, para denominar el premio periodístico mejor dotado de España, que el ayuntamiento alicantino de La Nucía ha instituido en defensa de la libertad de expresión y que, entre otros, se le ha concedido a mi buen amigo Ángel Arnedo, durante muchos años director de El Correo, de Bilbao.

Otro que andaba por allí era Pedrito Ruiz, un muchacho aficionado al deporte que en sus ratos libres distraía a los compañeros con sus imitaciones de los jefes de la radio y de otros personajes famosos, amén de con grabaciones muy personales en las que mezclaba el humor con efectos sonoros especiales. En aquella santa casa no solían gustar estas cosas. En general, cualquier destello de talento o de creatividad solía caer allí como un tiro. Así es que no me extrañó ver un buen día que los dos policías armados que vigilaban nuestra sede sacaban de ella literalmente en andas al aprendiz de caricato. Pedrito, girándose en el aire, increpaba a un Juan Manuel Soriano cuya silueta se adivinaba en la distancia y que era el causante, al parecer, de tan drástica decisión:

--¡Facha, que eres un facha! ¡Impresentable! ¡Esto no quedará así! ¡Ya lo verás!

Nunca supe la causa de aquel monumental altercado, pero no recuerdo que el despedido volviese a pisar aquella casa, al menos mientras yo estuve por allí.     

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    Enrique Arias Vega

    "Cualquier director de un medio de comunicación o cualquier redactor de a pie ha experimentado en sus carnes la presión para no publicar una u otra noticia. Las razones que esgrimen quienes presionan son muy variadas; algunas de ellas, incluso, plausibles. A veces, envueltas en argumentos éticos, o de conveniencia política, o de solidaridad, o de cualquier otra mandanga, bien adobada, eso sí".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Cultural 17/06/2010 lVistas: 773 lComentarios: 4
    Enrique Arias Vega

    Esta narración obtuvo el segundo premio del "Concurso de Relatos Dulce Chacón" (2007) y pertenece al libro de cuentos "Nada es lo que parece" (ENRIQUE ARIAS VEGA.- Ediciones Beta III Milenio.- 2008.- 221 páginas.- 12,50 euros)

    por: Enrique Arias Vegal Literatura> Ficciónl 27/03/2010 lVistas: 373
    Joaquín Toledo

    El tercer y último capítulo de este gran suceso histórico. Tras la infructuosa toma de Madrid, Franco comprendió que el futuro de la guerra estaba en cimentar su poder en el país y no solamente en conquistar la ciudad. El 31 de marzo de 1937, las fuerzas franquistas iniciaban la ofensiva final. Los republicanos, cercados por ambas flancos, debían resistir. La hora final por el futuro de España había llegado.

    por: Joaquín Toledol Educación> Historial 08/07/2009 lVistas: 2,550
    Enrique Arias Vega

    Prólogo del libro "Ir contra corriente (Una mirada al mundo en que vivimos", publicado por Ediciones Beta (Bilbao). En él, el autor explica que por su "manera personal y heterodoxa de ver las cosas, incómoda y subjetiva, reflexiva y frívola a la vez, el lbro incordiará a muchos y no contentará a nadie". "Lo que sí aventuro --concluye-- es que no habrá ningún lector que permanezca indiferente, en esa actitud pancista y pasota que resulta letal para cualquier escritor que se precie de serlo".

    por: Enrique Arias Vegal Literatura> No Ficciónl 29/06/2009 lVistas: 94 lComentarios: 1
    Francisco Arias Solís

    No vamos a reproducir la nómina de los novelistas que cultivaron la novela social en la primera mitad del siglo XX, baste con señalar que recientes estudios sobre el tema fijan sus inicios en 1927, año en que publican sus primeras novelas Julián Zugazagoitia y Joaquín Arderius.

    por: Francisco Arias Solísl Literatura> Biografíasl 09/03/2010 lVistas: 74
    Despilfarros En Crisis

    HERENCIA RECIBIDA POR EL REY QUE UPUESTAMENTE ESTA ALMACENADA EN UN BANCO DE SUIZA SIN ESTAR DECLARADO EN ESPAÑA

    por: Despilfarros En Crisisl Noticias & Sociedad> Polítical 18/04/2013 lVistas: 22
    Daniel

    Hola que tal estás… hoy quiero hablarte sobre el libro Cómo Ganar Amigos e Influir Sobre Las Personas, que para mí es como si fuera la Biblia, llevo más de 20 años leyendo y cada día aprendo algo nuevo.

    por: Daniell Literatura> Biografíasl 14/01/2014 lVistas: 14
    Jorbasmar

    Biografía de un biólogo, paleontólogo y anatomista ingles, su vida contada por años.

    por: Jorbasmarl Literatura> Biografíasl 08/09/2013 lVistas: 33

    Le informa a su Padre que no desea hacer el Doctorado en leyes pues le alcanza con tener su título de Abogado. Trata sobre asuntos familiares, distintos encargos y comenta sobre política hispana y europea.

    por: omarl Literatura> Biografíasl 04/09/2013 lVistas: 15
    Jorbasmar

    Un cientifico que obtuvo el premio nobel y cuando se lo otorgaron, no valoraron lo mas importante que realizó en su vida, por no comprenderlo quien le valoró

    por: Jorbasmarl Literatura> Biografíasl 26/08/2013 lVistas: 28
    Jorbasmar

    Físico alemán que descubrió la teoría cuántica lo cual le proporcionó el Premio Nobel de Física en el año 1.918

    por: Jorbasmarl Literatura> Biografíasl 14/08/2013 lVistas: 20
    Jorbasmar

    Almirante, marino y cartógrafo que dibujo un mapa muy adelantado a su época

    por: Jorbasmarl Literatura> Biografíasl 08/08/2013 lVistas: 15
    Leonor Taiano Campoverde

    Este texto analizará brevemente el contenido de "La Circassienne", biografía escrita por la periodista francesa Gillemette de Sairigné sobre la condesa de Luart. Aunque la obra, apenas publicada en Francia, aún no ha sido traducida a la lengua española, nos ha parecido importante señalar algunos particulares de la misma por medio de una breve reseña, que tratará de poner en relieve la importancia de esta investigación tanto en los estudios de tipo histórico-social, como en los estudios de género

    por: Leonor Taiano Campoverdel Literatura> Biografíasl 15/06/2013 lVistas: 30
    Jorbasmar

    Un importante escritor e investigador sobre la masoneria y los illuminati, que termino con sus huesos en la cárcel

    por: Jorbasmarl Literatura> Biografíasl 13/04/2013 lVistas: 15
    Enrique Arias Vega

    "Si el ex presidente quisiera rendir un último servicio a su partido y a su Comunidad, lo mejor es que hiciese mutis por el foro y se demostrase a sí mismo y a los demás que es capaz de ganarse la vida por su cuenta"

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedadl 11/04/2013 lVistas: 22
    Enrique Arias Vega

    "En las protestas, como en otros afanes de la vida, si no se sabe hacer bien, puede acabar siendo peor el remedio que la enfermedad".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedadl 07/04/2013 lVistas: 31
    Enrique Arias Vega

    "¿Dónde están los políticos que se fotografiaron plantando las primeras piedras? ¿Por qué no dan la cara y se fotografían ahora sonriendo al lado sus fantasmagóricos e inútiles proyectos?

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedadl 01/04/2013 lVistas: 15
    Enrique Arias Vega

    "Mientras continúen las catastróficas cifras de paro, mientras haya gente viviendo bajo el umbral de la pobreza y mientras muchos carezcan de los derechos mínimos que garantiza nuestra Constitución, ni habremos salido de la crisis ni la madre que la parió".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Polítical 27/03/2013 lVistas: 30
    Enrique Arias Vega

    "No entiendo por qué se dice que nuestros jóvenes son los más preparados de la Historia. Si acaso, resultan unos analfabetos con conocimientos, eso sí, de informática e inglés. Aunque, claro, cuando hay que conversar con finlandeses u holandeses, por poner por caso, nuestros chicos no estén a su altura".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Educaciónl 17/03/2013 lVistas: 16
    Enrique Arias Vega

    "Entre todos los directivos y consejeros colocados en las cajas por los partidos políticos, directamente o con su consentimiento, se han llevado miles de millones de euros".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Sociedadl 10/03/2013 lVistas: 14
    Enrique Arias Vega

    "Nuestros políticos tendrían que reconocer el mal causado, repararlo y jubilar a toda una generación de políticos amortizada ya por sus manejos y por su estupidez".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Polítical 03/03/2013 lVistas: 23
    Enrique Arias Vega

    "Vamos abocados a volver a vivir como en los años 70. Y lo peor no es eso, sino que habiendo estando acostumbrados a vivir como niños ricos, aún no nos hemos dado cuenta del futuro que nos espera".

    por: Enrique Arias Vegal Noticias & Sociedad> Sociedadl 24/02/2013 lVistas: 13

    Comments on this article

    4
    Amezaga 26/10/2009
    Hacen falta más artículos así. ¿Por qué no sigue el autor con relato contándonos más historias? Seguro que una persona tan observadora y con esa capacidad de narración sabe muchas más.
    2
    JOSÉ FÉLIX SALINAS 15/09/2009
    Fue una buena época al menos vista desde nuestra prespectivas de sexagenarios ejercientes. Yo ayudé a que Alfredo Amestoy iniciase su carrera de periodista aconsejándole en contra de sus padres y es que entonces había que ser, en Bilbao, ingeniero, perito o, todo lo más, "de Deusto". Yo me metí en el camino de la empresa y solo ahora vuelvo a la narración recordatoria. Manu Leguineche era de nuestra cuadrilla. Tu estilo directo me ha recordado el "Eboga" y las "cupletanguistas" del Campos.
    Un abrazo
    4
    Tali 01/09/2009
    A traves de +55 he leido tu articulo, el cual encuentro muy interesante, ya que el intentar disfrutar de la vida y de las pequeñas cosas, en aquella época, era muy dificil. Gracias por contarlo de manera, que nosotros tambien lo veamos a traves de tus ojos. Eso es un arte. Te seguire leyendo
    3
    Paloma 07/08/2009
    Todos tenemos una historia que contar. Lo único es que algunos saben cómo hacerlo.
    4
    Reyzábal Alsogaray 23/07/2009
    Me agrada que se cuenten este tipo de historias de letra pequeña sobre la vida cotidiana durante el franquismo. Estamos demasiado acostumbrados a manifestaciones grnadilocuentes de represión a lo bestia y tal y me parecen más interesantes estas pequeñeces que demuestran que existía una vida con amores y desamores, ilusiones, estudios y fatigas por debajo de las estructuras políticas de una dictadura.
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