El Miedo Es Un Espejismo
Recientemente escribí un artículo (“Como dejar de preocuparse”) dando unas pautas que nos ayudaran a superar ciertas preocupaciones. He tenido respuestas de lectores a los que les ha parecido muy útil, pero también he recibido comentarios de otros que aunque agradecen haber podido relajarse un poco, se sienten desbordados por los problemas; problemas reales, tangibles y definidos: económicos, laborales y-o sentimentales, entre otros. Entiendo que las pautas dadas en aquel artículo tenían dos propósitos: que pudiéramos diferenciar preocupaciones de problemas, y que fuéramos capaces de adoptar la mejor actitud posible para enfrentar ambos. Me parece que hubiera sido bueno también, mencionar algo que sirviera de ayuda para ver otras opciones a la hora de encontrar una salida. A ver si puedo enmendar mi error.
Desafortunadamente, no tengo una varita mágica para solucionar problemas, y no es mi propósito pretender que tengo la respuesta para todo. Pero sí quisiera arrojar luz sobre un aspecto que me parece que no se menciona lo suficiente, y es el miedo. Yo veo que el miedo es el factor más común a la hora de no ser capaces de crear la vida que nos gustaría tener. Cuando uno sufre un matrimonio infeliz durante años, la razón detrás de todos los motivos que se aducen para no separarse es el miedo. Miedo a la reacción de la otra persona, miedo al qué dirán, miedo a que empeore la situacion económica, miedo a consecuencias emocionales para los hijos, a quedarse solo… la lista es interminable. Lo mismo ocurre cuando seguimos en un trabajo que nos hace infelices. Tenemos miedo de dejar algo que tiene cierta “seguridad”, o cierto status social, laboral o económico, y posiblemente no encontrar nada mejor. Tenemos miedo al fracaso, a la pobreza, a no gustar, a que no nos quieran, a la soledad. Cambiar de lugar de residencia, hacer amigos nuevos, escuchar a personas con ideas diferentes de las nuestras, equivocarnos, incluso cumplir años o no tener una cuenta corriente saneada, son cosas que nos asustan. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás del miedo que sentimos cuando enfrentamos la posibilidad de cambiar el status quo de nuestra vida?
El miedo se produce por una experiencia vivida, o por una idea de que algo puede ocurrir, o las dos. Por ejemplo, nos da miedo ser pobres o porque hemos pasado penurias económicas o porque las hemos visto pasar y conocemos las consecuencias, que pueden llegar comprometer la propia supervivencia en el caso más extremo. Lo mismo ocurre con el miedo a la soledad o a la enfermedad. Pero en realidad, tanto si lo hemos vivido de cerca como si no, estos miedos pertenecen al mundo del pensamiento, de la imaginación, puesto que no pertenecen a una realidad presente en este momento. Podemos decir sin temor a equivocarnos, que normalmente, los miedos que sentimos no son algo real y tangible, sino algo tan imaginario como las armas de destrucción masiva de algunos paises: solo una hipotética posibilidad.
Cuando nos dejamos llevar por el miedo, estamos enfocando nuestra atención en uno de los resultados que pueden acaecer, y nos olvidamos de que hay otras posibilidades mucho más positivas. De las personas que conozco que son felices, las hay que se han casado más de una vez, que han cambiado de carrera, de país, de trabajo, o incluso de religion. Lo que tienen en común es que han sido capaces de asumir que cuando algo no funciona para ellos, se puede cambiar. De hecho, tenemos la obligación y la capacidad de hacerlo. Por el contrario, las personas que conozco que han arrastrado una falta de felicidad durante años, casi invariablemente tienen en común que se sienten atrapados en una realidad de la que no se atreven a salir por miedo a las consecuencias. No se dan cuenta de que las consecuencias negativas ya las están viviendo, y están dando la espalda a un mundo de posibilidades que se abren por el hecho de ponerse en movimiento hacia el cambio.
Hace tiempo leí una bonita historia que ilustra estas posibilidades de cambio. Un monje zen llegó una noche, con su maestro, a una vieja casa en una montaña. El dueño era muy pobre, y vivía míseramente con su familia, de lo que producía una famélica vaca. Esta era su única posesión, y fuente de ingresos, por lo que la cuidaban con mimo, pegados a la idea de que era lo que los mantenía a flote. A pesar de su precaria situación, fueron muy hospitalarios con sus huéspedes, dándoles cobijo y alimento. Por la mañana, el agradecido monje comentó con su maestro lo mucho que le gustaría ayudar a ésta pobre gente que tan bien se había portado con ellos. El maestro estuvo de acuerdo con tan noble sentimiento y le ordenó despeñar la vaca de la familia por la montaña. El monje obedeció horrorizado. Unos años más tarde, el monje, ya independizado de su maestro, pasó por la misma zona. Todavía con remordimiento, decidió acercarse a la casa con intención de corregir su terrible acción. Al llegar, casi no reconoció el lugar. El jardín estaba cuidado y la casa se veía bonita y muy bien conservada. Había gallinas, ovejas y vacas en el amplio espacio adyacente a la casa. Llamó a la puerta. El mismo hombre que tan bien lo había tratado unos años antes, abrió la puerta. Lo invitó a pasar y a sentarse a cenar con su familia. Durante la cena, el monje comentó lo bien que se veía todo. El hombre sonrió. “Antes no estábamos tan bien” dijo. “Pero un día, la vaca que teníamos desapareció, y nos dimos cuenta de que nuestro futuro estaba en nuestras manos. Todos nos pusimos a pensar en lo que nos gustaba hacer, y así descubrimos nuestro propósito. Desde que lo seguimos, no hemos vuelto a pasar penurias. Que se nos perdiera aquella vaca fue lo mejor que nos pudo pasar”. El monje entendió en ese momento la lección que su maestro le diera unos años antes. Somos los únicos con el poder de cambiar nuestra situación y de decidir como queremos que sea nuestra vida, simplemente tomando conciencia de ello y liberándonos del miedo a la acción, al cambio.
Si hay algo en tu vida que te hace infeliz, empieza por aceptar que puede ser cambiado. Abrete a la posibilidad de terminar con esa situación, pero en vez de recrear en tu mente todo lo malo que puede pasar con ese cambio, céntrate en pensar en todo lo positivo que puede venir. Cuando algo nos asusta o nos preocupa, no hacemos más que visualizar una y otra vez lo que puede salir mal. Utilicemos la misma técnica, la visualización, pero para explorar las magníficas posibilidades de que todo mejore, o, por lo menos, de que simplemente nos liberemos de lo que nos estaba haciendo infelices. Visualiza a corto, medio y largo plazo un resultado positivo para todos los que estén implicados en el asunto. Piensa que si tomas una decision de forma positiva, y con intención de que el resultado sea en beneficio general, así sera. En caso contrario, en vez de decir que llevas 10 años de matrimonio infeliz o en un trabajo que aborreces, dentro de unos años llevarás 15. Francamente, ¿por qué desperdiciar así una vida? ¿A qué esperas para tomar el control? ¿A qué tienes miedo?
Helena Aramendia. Permitida la reproducción total o parcial del artículo siempre que se mencionen el autor y la fuente.
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