El Amor Exigente
Cuando se trata de vivir bien, tanto si concebimos como sujeto de ese vivir bien un limitado “yo” o un amplio “nosotros”, exaltamos el papel del amor en ese escenario. También entendemos, por lo menos para decirlo, la importancia de procurar “el bien”, para nuestra propia persona o (según la amplitud de nuestro amor) para algunas o muchas más.
Así como en el amor hay amplitud, hay o puede haber profundidad.
Hay quienes sienten un amor amplio (que en vez de abarcar a pocos seres abarca a muchos), y quienes sienten un amor profundo (un amor que va “más lejos” en el terreno de las finalidades).
Todos coincidimos en que el amor no es amor si no pasa a la acción. A nadie se le ocurriría asegurar que una persona ama a otra si nunca la ve hacer nada por ella.
Hablar de hacer algo para alguien es dar por entendido que consiste en hacer algo para su bien.
Y allí se nos aparece el gran tema: mencionamos a cada instante el bien como si supiéramos sin ninguna duda de qué se trata. Pero alguna vez necesitaremos preguntarnos qué es el bien.
Tal vez algunos se topen con una incertidumbre abrumadora y otros se lo respondan con sencillez y seguridad. Pero una cosa es segura: no todos se responderán lo mismo.
Es habitual decir que en la vida particular de las personas, o de la sociedad en general, muchas cosas andan mal porque falta amor.
Sin embargo, no es tan habitual darse cuenta de que aún en muchos casos en que no falta amor abundan los problemas.
Esto se origina en que no todo intento de “hacer el bien” deriva en un verdadero bien. Muchos buenos intentos terminan empeorando las cosas.
Una y otra vez el centro del problema es la misma pregunta: ¿qué es el bien?
Y para responderse cualquier interrogante sobre el bien, sobre las verdaderas necesidades del hombre, hace falta tener una idea de qué es el hombre.
De ahí que haya en el mundo infinidad de personas, de movimientos sociales, políticos o religiosos queriendo hacer algo por el bien del hombre y, como no todos se dicen lo mismo sobre qué es el hombre, ese “algo” que cada uno hace es inconcebiblemente distinto de lo que hace otro con la misma intención, hasta el punto de que diferentes grupos humanos con la misma intención tratan de aniquilarse entre sí, procurando cada uno con la mayor sinceridad el bien del hombre.
Sin intentar una conclusión definitiva ni indiscutible, porque cualquiera de esos intentos es el inicio de nuevas discusiones, hay que procurar ir por la vida aclarándose progresivamente qué es el hombre, para derivar de esto la idea de qué necesita el hombre, o sea qué necesita uno mismo, los seres que ama y la gente en general.
Ni bien se empieza con el tema, es habitual decir que todo ser humano necesita comida. No sólo porque nuestra estructura biológica es lo más indiscutiblemente visible, sino porque la necesidad de alimentarla se renueva constante-mente, y plantea un requerimiento tan urgente que no se puede dejar de lado. De ahí que abunden quienes, a la hora de preocuparse por el bien propio o ajeno, no piensen más que en obtener o en dispensar alimentos.
Más allá de esta base “indiscutiblemente visible” empiezan las discusiones.
Una posibilidad de respuesta amplia, que de todos modos puede ser cuestionada por quienes creen que sólo necesitamos comer, es decir que el hombre es algo más, que encierra en sí potencialidades que, aunque no sepamos cómo ni porqué, pueden desarrollarse.
En este caso, el bien propio del ser humano sería el acto de desarrollarse.
Esta respuesta empieza a meternos en dificultades, porque la comida es una cosa tangible, que puede ser suministrada por un ser a otro; pero el acto de desarrollarse ocurre exclusivamente en el interior de una persona. Más aún: ocurre exclusivamente si lo determina la voluntad de esa persona.
En tal caso no habría posibilidad de dar nada. A no ser que exista la posibilidad de dar propuestas, consejos, aliento para que una persona se desarrolle, y la posibilidad de exigírselo, no como un intento de torcer su libertad para satisfacer nuestras preferencias, sino como el medio para que ella misma alcance el mayor bien posible.
De esta posibilidad, de esta convicción de que el hombre es o puede llegar a ser algo más, nace el amor exigente.
Como el amor superficial quiere que los demás tengan comida, salud, ropa o morada, el amor exigente quiere que los demás se desarrollen.
Para los que sufran como si preferir una opción obligara a rechazar la otra, hay que destacar que cuando las personas se desarrollan, desarrollan también su capacidad de obtener o producir comida.
Para el amor exigente no es “malo” encarar la búsqueda de comida ni la búsqueda de placer: lo único verdaderamente malo es desatender el desarrollo.
Por ejemplo, para el amor superficial el acto de robar es “malo” porque significa despojar a alguien de sus cosas. Para el amor exigente, robar es malo principalmente porque empeora como persona a quien lo hace, tiende a contagiar su actitud y a empeorar a la sociedad en general. En última instancia, generaría un mal igualmente indeseable para ambos tipos de amor: vivir entre gente “peor” y, además, en una sociedad donde todos poseerían cada vez menos cosas.
Es interesante observar que las exigencias del amor exigente no están en contraposición con las inquietudes del amor superficial respecto a las necesidades básicas o biológicas. Es más: cumplir las exigencias del amor exigente deriva con el tiempo en una mejora en el terreno material y biológico.
Tal vez el gran punto de contraposición entre los dos tipos de amor resida en esa breve especificación: con el tiempo.
El amor superficial no se lleva bien con el tiempo. Quiere todas las cosas inmediatamente, como siempre las quiere nuestro ser biológico. Elige invariablemente el bien a corto plazo. Tiende a prodigar todo lo que signifique placer inmediato, a padecer cuando alguien carece de cosas y no cuando carece de voluntad, a dar a los demás lo que a primera vista necesitan, a dar irreflexivamente lo que ellos pidan, sin la menor consideración sobre si lo que les dio no irá después a perjudicarlos. Esta idea siempre le es echada en cara por algún practicante del amor exigente.
Por eso, los practicantes del amor superficial suelen percibir como enemigos a los practicantes del amor exigente; mientras éstos sienten cierta molestia por la superficialidad de los primeros, pero de ninguna manera creen tener objetivos contrapuestos.
Otro factor es que el amor puede ser superficial por dos razones: porque se posee una sensibilidad superficial o porque se tiene miedo de sentir, mirar o pensar profundamente.
Los superficiales por simple incapacidad tienden a no comprender a los practicantes del amor exigente; los superficiales por miedo tienden a desear que desaparezcan, a odiarlos casi con furia.
Los practicantes de uno u otro tipo de amor tenderán, en la medida en que amen a los demás, a procurarles exactamente lo mismo que consideran bueno para ellos.
La diferencia fundamental continúa residiendo en la convicción que cada uno tenga sobre qué es el hombre.
Para quien está convencido de que el hombre necesita en lo más profundo de sí desarrollarse, de que es hombre sólo cuando se desarrolla, el no desarrollo aparece como un modo de muerte, de desaparición del hombre como hombre, independientemente de que prosiga existiendo como ente biológico. Esta posibilidad le resulta tan pavorosa como ver a un semejante morir ahogado o aplastado.
De ahí que quien siente amor exigente quiere para los demás cualquier tipo de bienes mientras no se contrapongan con su desarrollo. Cuando exista una contraposición entre un bien externo y el desarrollo interno, siempre dará prioridad a este último. Incluso cuando se contraponga con la necesidad de comer; porque su convicción sobre la naturaleza humana le dice que en llegado el caso la otra persona extraerá de sí la capacidad necesaria, se pondrá en movimiento, se desarrollará, para obtener el alimento que su hambre le exige.
Y si el hambre exige, el partidario del amor exigente nunca estará del todo convencido de que sea un mal.
Además de los males que acarrea el amor superficial, existe para el partidario del amor exigente otra calamidad: el amor fingido, que aparenta dar algo por amor pero lo da con un interés oculto.
Cuando un ser humano da algo a otro puede hacerlo desinteresadamente, con sincero afán de hacer el bien a ese otro, o interesadamente, como recurso para lograr indirectamente su propio bien.
También se puede dar interesadamente sin un fin oculto, sin ningún tipo de amor fingido. Por ejemplo, cuando un vendedor da algo a un comprador y éste le paga; porque ambos actúan abiertamente y de mutuo acuerdo en su propio beneficio.
Cuando alguien da desinteresada y sinceramente, entra en juego lo que verdaderamente cree sobre qué es el hombre y qué necesita. Aquí puede haber algún acto perjudicial, que empeore a quien reciba un aparente bien, sólo a causa de la superficialidad de quien vea un bien superficial como bien supremo.
Cuando alguien da algo con un fin oculto, como lograr que el otro le preste atención, lo crea buena persona, le haga favores o lo vote en las siguientes elecciones, generalmente el bien que le da a ese otro no es un bien relacionado con las necesidades profundas del hombre, con su desarrollo, sino con sus deseos inmediatos, porque intenta gustar, mientras que la exigencia o el llamado al desarrollo no suelen gustar.
Como consecuencia, la extendida práctica de dar algo a otro para beneficiarse uno mismo tiende a enviciar, a corromper, a acostumbrar a los otros a esperar ser beneficiados en vez de procurar desarrollarse. A su vez, los “beneficiados” por esa dación mezquina tienden a congraciarse con su “benefactor” para asegurarse la continuidad del beneficio, y lo hacen dándole lo que éste procura, que en tales casos tampoco es una contribución al desarrollo humano.
De modo que quien vive el amor exigente se ve ante un mundo que, ya sea por efecto de la ignorancia o de la mezquindad, suele interferir y hasta atrofiar el desarrollo de lo más valioso del hombre.
Y a cada instante puede presentársele a cualquiera, sin que se dé cuenta y sin que lo haya deseado, la disyuntiva entre favorecer o desalentar el desarrollo del hombre.
Casi todo lo que hacemos a diario, casi todo lo que se nos cruza en el camino y nos exige una respuesta, va a incidir en uno o en el otro sentido: cuando nos piden, cuando nos preguntan, cuando resolvemos cada detalle de nuestras tareas, cuando hacemos un regalo, cuando intervenimos con nuestra voz o nuestro voto en la vida colectiva, etc., etc.
El núcleo de todo acto del amor exigente es de uno u otro modo la educación, idea cuyo significado original (e-: dirección eferente, desde dentro hacia fuera; y ducere: conducir) indica ya la finalidad de extraer desde el interior del hombre una potencia que reside en él.
Aunque no se desempeñe como educador profesional, quien lleva dentro de sí el amor exigente se encuentra con que prácticamente cada encuentro con otro ser humano es un desafío, una opción entre educar o maleducar. Sin que lo deseemos, tendremos que responder ante cada circunstancia de un modo que, casi sin opciones intermedias, tenderá a mejorar o a empeorar a quien se cruce con nosotros e, indirectamente, a quien se cruce con ese alguien.
Si bien todos los seres despiertan la inquietud de quien siente amor exigente, el punto central de ésta lo ocupan los hijos y los niños en general, porque para el amor exigente es un crimen, casi una traición a la condición humana, traer seres humanos al mundo y no prestar atención al desarrollo de ese algo más que pueden ser. Tratarlos como si fuera lo mismo desarrollarse que no desarrollarse sería un incumplimiento tan grande como no alimentarlos.
Además de los hijos propios importan los otros niños, que por estar comenzando la vida están desarrollando los cimientos de lo que serán, y aunque no estén especialmente a nuestro cargo sucederá con ellos como con cualquier otra persona: en cualquier momento pueden cruzarse con nosotros y ser educados o maleducados por lo que les respondamos.
Como a la gente no suele gustarle que le exijan o que le propongan objetivos difíciles, el amor exigente puede exponernos a enfrentamientos y disgustos cada vez que se plantee la opción de educar o maleducar; puede exponernos a la opinión de que no amamos a esas personas a las que en vez de darles lo que tienen ganas de recibir les exigimos que sean lo que en ese momento no son.
Es muy común contraponer a las exigencias del amor exigente el postulado de que hay que amar a las personas tal como son. Pero hay que prestar atención a un detalle: si alguien dice eso con esas palabras es porque supone que las personas son siempre iguales, que son entidades estáticas, y que el bien del hombre no tiene ninguna relación con su crecimiento interior.
Para quien no crea que el hombre sea una entidad estática, inmodificable como un mineral, no hay posibilidad más horrible, tanto para sí como para el prójimo, que seguir siendo total y permanentemente igual.
Para quien concibe al hombre como un ser en proceso de superación y con capacidad de superación, amar a las personas tal como son consiste precisamente en amarlas como seres que viven en permanente desarrollo, como seres cuyo mayor bien es ser cada vez mejores, y, por lo tanto, como seres que padecerían la mayor de las desgracias si se estancaran o si se modificaran en sentido contrario al que necesitan.
En esa permanente disyuntiva entre la opción de mejorar o la de empeorar el mundo, aparecerá simultáneamente a cada paso la opción de educarse o maleducarse a sí mismo; porque habrá que elegir entre ser fiel al deseo de recibir simpatía y buenos tratos o ser fiel al amor exigente y a la finalidad de desarrollarse, de no empeorar como persona ni alentar el empeoramiento de quienes nos rodean.
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