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Es la historia de dos hombres que ocupan distintas posiciones y esas posiciones van cambiando y terminan de distinta forma de como son al principio. Esto no parece gran cosa, sino fuera por el hecho de que su relación es al principio profesional, uno es el amo y otro el criado, y después pasa a ser personal y de dominación, el jefe se convierte en siervo y el sirviente en su amo.
Esta historia inverosímil le sirve para crear un falso documental, al modo de lo que ya había hecho en Toma el dinero y corre, sobre un hombre curioso, un enfermo mental, que es capaz de transformarse en cualquier otra persona, por raro que parezca. Zelig igual es un indio, que un negro, que un gordo, que un médico, e igual está con el Papa Pío XI que con Hitler, con Chaplin, Al Capone, etc. Fabuloso punto de partida para una obra maestra.
Así comienza la película, con un Alain Delon guapo, elegante, frío, con una bata de estar por casa que denota su riqueza, con la amante en la cama esperándole, mientras él se niega a pagar 600 luises por un cuadro de un gentil hombre holandés que un judío le vende. Mr. Klein sólo le ofrece 300 ante la desesperación de ese hombre que lo heredó de sus abuelos. Al final la venta se hace por ese precio y el mismo Klein deja escribir el recibo al comprador.
Lo que ocurre en esta película no es tan raro ni tan alucinante –y hay miles de historias reales sobre “accidentes” de caza” e incluso sobre ”muertes” en un día de caza- si se juntan tres hombres hechos y derechos con desavenencias soterradas entre ellos a lo largo de los años, bajo un sol de justicia, en un entorno casi fantasmagórico, con unos cubatas de más, y lo que es más importante, con una escopeta, cartuchos y el gusanillo de ver los conejos correteando.
El otro día un amigo no pudo resistir Funny Games. Realmente yo también lo pase mal viéndola. No obstante, se adivina cuando te encuentras ante una gran película, una película que te marcara, aunque sea por sus escenas de violencia sicológica. Estos tíos son unos macarras, pero unos macarras de aspecto elegante, vestidos como visten los jugadores de golf, más bien parecen unos pijos, sí, unos hijos de papá. Y hasta el líder del dúo tiene una cara inocente. Luego, confiesan a sus apresados que se

