Joaquín Toledo
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Joaquín Toledo, especialista en historia universal, con amplia experiencia en investigaciones sobre Guerras y Conflictos mundiales.
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Mágica, semi-legendaria pero real, la guerra entre aqueos y troyanos es una de los sucesos más importantes en la identidad de la cultura occidental. Cantada por Homero, esta guerra determinó la supremacía e influencia de Grecia en los mares mediterráneos a partir del siglo XVIII a.C.
Desde épocas antiguas, el consumo del opio fue considerado por distintas culturas occidentales como una panacea universal. Sin embargo, cuando el somnífero fue introducido por mercaderes ingleses en China, es cuando el hábito de consumirla se transformó en un decadente problema social que el emperador Daoguang decidió terminar. He ahí el génesis de las dos célebres guerras del Opio (entre 1839 -1860).
Hernán Cortés Monroy (1485-1547), sería el protagonista de una verdadera proeza al conquistar, con no más de 1,000 españoles a su mando, un enorme imperio de millones de súbditos. En la historia, pocas campañas militares han tenido tal dosis de suerte, perspicacia, crueldad, diplomacia y precisión. Los cimientos de la futura nación mexicana, son justamente el fruto de esa campaña.
El poder artístico del Renacimiento, el avance de la Ciencia y las humanidades, la era de la conquista colonial y la decadencia del Escolasticismo, generaron en el hombre un nuevo sentimiento que lo inclinó al saber y al abrazo de los libros. De ese cúmulo de hechos, nació la llamada Reforma Protestante, cuyo impacto fue tan fuerte, que dividió a Europa durante 30 años entre dos facciones armadas: Católicos y Protestantes.
Desde 1588, el rey español Felipe II de Habsburgo había estado madurando la idea de un ataque a la Inglaterra de la “Reina Virgen” Isabel I, de espinosa relación con el país. Para el efecto, mandaría crear una poderosa flota naval de 130 embarcaciones que avistadas en puertos ingleses, provocaría el pavor del Imperio. La Grande y Felicísima Armada Española estaba ya en aguas británicas, dispuestas a tomar el país. Había llegado la hora de defenderse.
Napoleón Bonaparte, el genial estratega francés que había conquistado media Europa hacia 1812, se enfrentaba inevitablemente hacia su final. Luego de la desastrosa campaña hacia Rusia, debería hacer frente a los países que coaligados, esperaban su retorno. Prusia, Rusia, el Reino Unido, España y Portugal, se unieron para vencer al francés en Waterloo (Bélgica) en junio de 1815, dispuestas a terminar con el talentoso general galo para siempre.
Tras el triunfo en el año 1071 de los turcos selyúcidas en Siria y Palestina y la toma de Jerusalén, el Islam se hallaba a casi un paso de ingresar a Europa. Alejo Comneno, emperador de Bizancio, pidió ayuda al papá Urbano II quien en el famoso Concilio de Clermont, organizó la Primera Cruzada (1096-1099) bajo el lema: Deus vult! (¡Dios lo quiere!).
El tercer y último capítulo de esta guerra prolongada. La lucha militar y religiosa entre católicos y protestantes por la supremacía en Europa estaba llegando a su final. En 1632, el protestante Gustavo II Adolfo de Suecia y las fuerzas católicas de Albretch von Wallenstein, se encontraron en Lützen (Alemania) listas para decidir el curso final de la guerra. Sin embargo, la inesperada intervención francesa marcaría un último aliento a un conflicto que para ese entonces, ya tenía 14 años de durac
Escasos hechos en la historia tan decisivos para el futuro de la humanidad como los 3 episodios de las llamadas Guerras Médicas entre Grecia y Persia, representantes de formas contrarias de sentir el mundo. El curso final de estas batallas, de traslúcido resplandor helénico, permitiría a Oriente y Occidente desarrollarse en forma paralela prácticamente, hasta nuestros días.
Tras la derrota de los ejércitos protestantes en Sablat, Höchst, y Stadtlohn, Felipe II, nuevo emperador de Alemania, encontró despejado el camino para sus planes. En enero de 1621 se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera. Este hecho motivó a Suecia y Dinamarca, países protestantes, a proseguir una guerra que hasta entonces, ya llevaba más de 10 años de iniciada.
