Joaquín Toledo
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Joaquín Toledo, especialista en historia universal, con amplia experiencia en investigaciones sobre Guerras y Conflictos mundiales.
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Culminadas dos de las tres guerras médicas entre el mundo heleno y Persia, un nuevo orden se había instaurado en el mundo occidental. Los griegos, victoriosos, entraban a su edad de Oro de la mano de Pericles. Sin embargo, el gran ascenso de Atenas motivaría el recelo del otro gran estado griego, Esparta, que le declararía la guerra.
Tras el triunfo en el año 1071 de los turcos selyúcidas en Siria y Palestina y la toma de Jerusalén, el Islam se hallaba a casi un paso de ingresar a Europa. Alejo Comneno, emperador de Bizancio, pidió ayuda al papá Urbano II quien en el famoso Concilio de Clermont, organizó la Primera Cruzada (1096-1099) bajo el lema: Deus vult! (¡Dios lo quiere!).
Escasos hechos en la historia tan decisivos para el futuro de la humanidad como los 3 episodios de las llamadas Guerras Médicas entre Grecia y Persia, representantes de formas contrarias de sentir el mundo. El curso final de estas batallas, de traslúcido resplandor helénico, permitiría a Oriente y Occidente desarrollarse en forma paralela prácticamente, hasta nuestros días.
El tercer y último capítulo de esta guerra prolongada. La lucha militar y religiosa entre católicos y protestantes por la supremacía en Europa estaba llegando a su final. En 1632, el protestante Gustavo II Adolfo de Suecia y las fuerzas católicas de Albretch von Wallenstein, se encontraron en Lützen (Alemania) listas para decidir el curso final de la guerra. Sin embargo, la inesperada intervención francesa marcaría un último aliento a un conflicto que para ese entonces, ya tenía 14 años de durac
Tras la derrota de los ejércitos protestantes en Sablat, Höchst, y Stadtlohn, Felipe II, nuevo emperador de Alemania, encontró despejado el camino para sus planes. En enero de 1621 se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera. Este hecho motivó a Suecia y Dinamarca, países protestantes, a proseguir una guerra que hasta entonces, ya llevaba más de 10 años de iniciada.
El poder artístico del Renacimiento, el avance de la Ciencia y las humanidades, la era de la conquista colonial y la decadencia del Escolasticismo, generaron en el hombre un nuevo sentimiento que lo inclinó al saber y al abrazo de los libros. De ese cúmulo de hechos, nació la llamada Reforma Protestante, cuyo impacto fue tan fuerte, que dividió a Europa durante 30 años entre dos facciones armadas: Católicos y Protestantes.
Desde épocas antiguas, el consumo del opio fue considerado por distintas culturas occidentales como una panacea universal. Sin embargo, cuando el somnífero fue introducido por mercaderes ingleses en China, es cuando el hábito de consumirla se transformó en un decadente problema social que el emperador Daoguang decidió terminar. He ahí el génesis de las dos célebres guerras del Opio (entre 1839 -1860).
Desde 1588, el rey español Felipe II de Habsburgo había estado madurando la idea de un ataque a la Inglaterra de la “Reina Virgen” Isabel I, de espinosa relación con el país. Para el efecto, mandaría crear una poderosa flota naval de 130 embarcaciones que avistadas en puertos ingleses, provocaría el pavor del Imperio. La Grande y Felicísima Armada Española estaba ya en aguas británicas, dispuestas a tomar el país. Había llegado la hora de defenderse.
El tercer y último capítulo de este gran suceso histórico. Tras la infructuosa toma de Madrid, Franco comprendió que el futuro de la guerra estaba en cimentar su poder en el país y no solamente en conquistar la ciudad. El 31 de marzo de 1937, las fuerzas franquistas iniciaban la ofensiva final. Los republicanos, cercados por ambas flancos, debían resistir. La hora final por el futuro de España había llegado.
Luego del fallido golpe de Estado protagonizado por Franco y sus tropas militares, España quedó fragmentada entre las zonas que apoyaban el derrocamiento del régimen republicano, y las que no. Tal bipolaridad generó, previsiblemente, el recrudecimiento de la lucha. Se gestaba ahora, una lucha atroz y fratricida. España temblaba de pavor.
