Entrevista A Un Hermano Poeta Del Alma
Y ahora me siento pleno de poder mostrarles su pensamiento, su forma de ver las cosas, para que descubran el centro de este bello personaje enorme de talento. En su voz se encuentra la voz de otros tantos que han trascendido la eternidad atravesando las barreras del no tiempo para introducirnos en el mundo de lo fantástico. Agradezco la presencia de la no presencia de este sujeto que: “en el fondo sabe perfectamente que es sólo una herramienta, un filtro por donde vienen las cosas que quieren y necesitan narrarse en la atmósfera humana.”
Winston nos sumerge en el mundo onírico de Schuaima, donde abunda la riqueza de una poesía tramada con maestría, trabajada desde un estado mental de perpetuidad mágica. Nos hace transitar por la filosofía trascendental de Aniquirona, movido desde el conocimiento surgido de todas las fuentes primigenias, ofreciéndonos un conocimiento antiguo donde resalta el poder de la poesía, la muerte, la naturaleza de lo femenino. El poeta nos transporta de nuestra realidad hacia la fascinante aventura de conocer el universo creado por esa sustancia que habita en su cuerpo. Ingresemos en la poderosa esencia de Winston Morales Chavarro y dejemos que su tinta nos transporte por la majestuosidad de esos mundos.
Juan P.: ¿Quién es esa entidad o ser o cómo quieras llamarlo que habita en el cuerpo de un hombre llamado Winston Morales Chavarro?
Winston: Winston Morales Chavarro es un sujeto compuesto de varias esencias. Sobresale, eso sí, dos fuerzas superiores que lo definen como sustancia y como creación. Aniquirona, su parte femenina, y Alexander de Brucco, su parte masculina. Como el género está en todo; Todo tiene sus principios masculinos y femeninos, Aniquirona y Alexander de Brucco establecen un equilibrio, una absoluta correspondencia. En el reconocimiento de esas fuerzas que vienen con Winston desde siempre, desde la infancia del hombre-presente, ha elaborado una escritura que de alguna manera describe el mundo suprafísico en el que lo sitúan esas presencias. Schuaima es el reino onírico (si puede llamársele así) de Aniquirona, y Alexander de Brucco es el explorador, el viajante, el caminante, el eremita.
En su humilde visión, a veces se siente un escritor, en ocasiones cree ser el hombre que traza unas líneas, cuando en el fondo sabe perfectamente que es sólo una herramienta, un filtro por donde vienen las cosas que quieren y necesitan narrarse en la atmósfera humana.
Juan P: ¿Cuál es el recuerdo más fuerte de tu infancia? Cuéntame un poco sobre ella. Lo que tú quieras.
Winston: Mi infancia aún no ha terminado. Los adultos odian ese estadio de la vida, se quejan de él, de la inmadurez y la estupidez que enarbolan los niños. No entiendo eso de las edades, las siete edades del hombre. Para mí existe un presente perpetuo, perenne; soy todas las edades y todos los tiempos, también todos los espacios.
Tengo una imagen que es recurrente. Hace quizás 34 soles terrestres, vivía con mis padres en una casa de dos pisos. Nosotros habitábamos el segundo. Papá y mamá estaban recién casados. Mi hermano aún no nacía, por lo que deduzco que yo no pasaba de los seis. Yo dormitaba en medio de los dos (todo hijo a esa edad destruye los lances eróticos de sus padres). Al lado de la cama, reposaba una bacinilla.
A partir de ese momento, he estado atravesado por el esoterismo, la magia, el ocultismo. Desde que uso la lectura de lo escrito (el código humano que intenta representar al mundo) he devorado toda clase de textos, libros, antologías que me hablen de esos grandes posesos, iniciados e iluminados. No me creo uno de ellos, soy apenas un aprendiz de las palabras, un hombre que conoce sus limitaciones porque aún no ha renunciado al barullo del mundo.
Juan P.: ¿Cuándo llega por primera vez la poesía en tu vida y te diste cuenta que tu camino eran las letras?
Winston: Fui un niño de padres separados. No obstante, mi padre era un lector desaforado de historietas y de comics. Todos los días llegaba a casa con siete u ocho cuadernillos, entre los que destacaban Kalimán, Arandú, El Santo, Memín, Lágrimas y risas, Condorito.
Las revistas aparecían en nuestro domicilio los lunes, y yo las estaba releyendo los miércoles. Esta ha sido quizás la única herencia material que recibí de mi padre. Cuando él se fue, las revistas se quedaron en casa con nosotros.
Allí fue mi encuentro con la poesía. Allí mi encuentro con la escritura. La poesía me hablo a partir de sus sonidos, de sus concomitancias secretas. Desde aquella mañana, ha sido imposible apartarla de mi vida.
Juan P.: ¿La mente de un verdadero poeta funciona en otro nivel de conciencia? ¿Cómo percibes la realidad que te rodea? ¿La palabra es un impedimento para conectarse con lo real que tu crees que es la verdad? ¿Hay una verdad?
Winston: Esta pregunta es bastante compleja. La realidad no es sino una representación de mi interior. Tal y como soy por dentro, tal y como percibo las cosas, así es mi realidad. A veces, en ocasiones, un poco convulsionada. Pero sólo unas pocas veces. He procurado ser feliz, vivir en correspondencia y en equilibrio.
El lenguaje es una aproximación a la realidad, una interpretación del mundo. Pero el lenguaje se ha enfriado, se ha tornado mecánico, ha perdido su misterio, su esencia, sus quintaesencias. Ahora, no sé por qué extraña razón, creo más en el silencio, o, por lo menos, trato de armonizarme en el silencio, de comprender sus cartografías, sus caminos. Esa es la verdad, aquella incomprensible, inabarcable, desde los ojos del hombre.
Juan P.: ¿Quieres contarme tu primera vez en el amor? ¿Recuerdas el rostro de esa muchacha?
Winston: El rostro del amor es imperceptible a los ojos del poeta. El poeta apenas lo intuye, se acerca a él. Mi primera vez en el amor, el amor que asoma, fue a través de una experiencia onírica. Fue la aparición de Aniquirona, una mujer que me dictaba versos y a la cual veía sin ver. Jamás pude ver su rostro.
Y digo pude porque hace años no la veo, ni siquiera la sospecho. Esa mujer onírica –si acaso no es más real que quien esto escribe-, tenía una fisonomía, pero jamás pude ver su rostro, su cara. Alguna vez la vi con un amuleto y ella se fundía con la madera, con una mesa de madera. Eran una sola. Casi puedo verla en su totalidad, tenía una apariencia indígena.
Creo que ese es el amor, el amor que se levanta sobre raciocinios culturales, al modo de Platón. Lo demás es capricho, pasión, deseo. Y conste que los he sentido muchas veces. Los he sentido y los he gozado, vivido, bebido. He bebido de sus mieses. Y he visto la luz muchas veces. La he tocado.
Creo que todas las mujeres están en una. Cuando uno besa, acaricia, ama y posee a una sola –no importa que sea la menos bella, según el concepto occidental de lo bello- las está amando, como género, a todas.
Cuando uno ultraja, la ofensa, la ignominia, será para todas.
No es necesario –eso ya lo he comprobado-, que las bocas se afanen por transmutar.
La mujer es dinámica, mutable. Hoy no es la de ayer; la de hoy no será mañana: Lo femenino está en todas y como fuerza, como energía, como descarga, vive en permanente rotación, traslación por un eje que nunca será el mismo: Esta mujer que amo –y acaso conozco, acaso retengo- es todas las noches otra.
Esa ilusión de Don Juan –que realmente buscaba a la mujer y no a lo femenino- está ataviada de dolor e impotencia. Siempre estará esa energía en nuestras manos cuando una sola esté a nuestra merced. El hombre tiene la edad de la mujer que acaricia, diría alguien. Me atrevo a algo distinto: el hombre tiene la edad de todas las mujeres.
Juan P.: Si tuvieras a un líder político o religioso frente a ti ¿Qué le dirías?
Winston: Nada, ellos no escuchan, y, lo peor, no entienden. El ego de un político los hace “sabios”. Y darle consejos a un político es una bobería. Un líder religioso, que es casi lo mismo, no recibe consejos, los imparte.
Juan P.: Deja un mensaje, si tú quieres, para todos aquellos seres humanos que leerán tus palabras en nuestra Revista Cultural El Perfil Latinoamericano de la ciudad de Nuremberg-Alemania.
Winston: Hermano, los consejos los dan los psiquiatras, y estoy muy lejos de parecérmeles.
Juan P.: ¿Para qué sirve una entrevista?
Winston: Una entrevista sirve para muchas cosas. Para mentir, para especular, para mostrarme, para proyectarme. Una entrevista es un espejo: refleja cosas reales y monstruosas. Refleja mi vanidad, mi “superioridad”, pero también refleja mi desnudez, mi fibra interior. Y es muy probable que esa desnudez no le guste a muchos, como puede que les guste mi vanidad y la acepten como un exordio, como verdad absoluta. Una entrevista es peligrosa como un cuchillo. Pero también los espejos suelen ser útiles.
Juan P.: Dime la verdad poeta. ¿Este fue un cuestionario rígido, absurdo y sin vuelo?
Winston: De mucho vuelo. Las entrevistas nunca serán rígidas, rígidas son las respuestas, el alma de quien responde.
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