El Variado Mundo Del Arte Nos Pertenece
SIEMPRE me produce extrañeza y asombro, más aún, me resulta absolutamente incomprensible, ver a esas personas que tienen una actitud desdeñosa cuando no de total y completa repulsa frente al jazz o la música clásica. Pero también me producen idéntica reacción esas otras que tuercen la boca ante el sonido jubiloso de una dulzaina, de una gaita gallega o irlandesa, de una balalaica rusa o del nervioso y vivaz sonido del banjo o del acordeón.
Jamás he entrado en discusión sobre si una forma o manifestación artística, estilo, modo, manera o género es mejor o más importante que el otro. Siempre me resultó extraño, ridículo, y una muestra cierta de estupidez y de soberbia –actitudes que suelen ir de la mano, juntas y revueltas— oír decir a alguien: “A mí ni Dante ni Beethoven me gustan. No los soporto. Yo ni leo al uno ni escucho al otro. ¡Nunca!”
Quienes así se expresan ignoran que su “gusto” o su “juicio” sobre Dante y Beethoven nada le añaden y nada le quitan a estos dos gigantes del arte universal, reconocidos y avalados por siglos de tradición y por miles de lectores y de melómanos pertenecientes a diferentes generaciones, localizados en los más diversos ámbitos y estratos sociales y enclavados en las más diversas culturas y en los cuatro continentes.
Hay que ser humildes y mínimamente objetivos. Y, además (quiero añadir): justos. Cuando decimos: “No me gusta Beethoven, no me gusta la música clásica”, nos estamos –nos demos o no cuenta de ello— autodefiniendo y, además (lo que ya es bastante más grave) menoscabándonos, mientras el sólido y bien consolidado prestigioso –sin duda bien ganado y por demás avalado por el tiempo— de esos extraordinarios creadores continúa aumentando a cada minuto que pasa.
Si a mí no me gustan Dante ni Beethoven, ése es mi problema y allá yo con mi conciencia (la riqueza de mi alma y de mi sensibilidad serán las que sin duda se verán rotundamente menoscabadas), que ya ni Beethoven ni Dante me necesitan a mí para seguir su singladura triunfal a lo largo del espacio y del tiempo, para germinar renovados en la sensibilidad de cada nueva generación humana hasta la eternidad.
“Odio El Quijote. Jamás leeré el Ulises de James Joyce”, oímos decir a muchos con orgullo y aun incluso satisfecha soberbia. Estas actitudes de cerrazón, nunca razonadas, claro, sino, por el contrario, irreflexivas y del todo irracionales, hondamente ancladas en la subjetividad y reveladoras de enormes carencias, y muchas veces también de serios complejos, impiden (penosamente) que participemos y disfrutemos de lo que por derecho propio –como personas humanas que somos– nos pertenece: el Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Que está ahí justo para eso: para que nos lancemos gozosos a su pleno y total disfrute y nos dejemos envolver por sus benéficas emanaciones hasta que las mismas permeen nuestros espíritus y nos hagan más ricos, más complejos, más sensibles, más plenos. Más humanos, en suma.
Claro, es cuestión de apertura mental, de mentalidad abierta y desprejuiciada, de curiosidad y de alma inquieta, volcada a lo nuevo y novedoso y a la infinita vriedad del arte universal. Pero también de sensibilidad, de educación consciente y dedicada del gusto, de afinamiento y refinamiento de los sentidos y de las capacidades perceptivas y aun incluso (y sobre todo) de trabajo, de estudio y de análisis.
Por supuesto que siempre existirán unas preferencias más o menos marcadas en las que intervendrá el gusto personal. Yo, por ejemplo –por seguir con la música—, de unos años para acá escucho de manera preferente y casi única jazz y música clásica. Y aun dentro de estas dos categorías musicales tengo mi marcada predilección por periodos y estilos específicos, y, claro está, también por determinados creadores e intérpretes. ¿Quién mejor que el franco-argentino Daniel Baremboim para hacernos disfrutar a plenitud de las 32 Sonatas de piano de Beethoven o que Pau Casals para los Conciertos de violonchelo solo de J. S. Bach o que Pierre Boulez para la sugerente y compleja música de Stravinski?
Pero éstas son preferencias. Preferencias que pueden ser avaladas por un juicio o un razonamiento, ponderadas, que pueden sustentarse en una valoración analítica y crítica y en una consciente y aun rigurosa educación del gusto. Pero las mismas de ninguna manera deben cerrarme otras vías, otros canales, otras puertas de goce y deleite y disfrute y llevarme a menospreciar las restantes manifestaciones del arte musical que tengo la enorme dicha y fortuna de tener también ahí a mi alcance.
En lo absoluto. Porque a mi modesto entender la valoración más importante que debemos hacer en este ámbito es ésta: “Todo es bueno si es bueno”. O dicho de otro modo: En todos los géneros y estilos (rock, reggae, folk, pop, flamenco, jazz, clásica...) es posible descubrir piezas maravillosas y extraordinarias, de auténtica calidad y valia y de inequívoca autenticidad. Buenas composiciones bien realizadas e interpretadas. Porque creatividad, imaginación y sensibilidad y capacidad expresivas puede haberlas (y de hecho las hay) en todas las expresiones y manifestaciones del arte musical; es decir, la sensibilidad humana puede manifestarse (y de hecho se manifiesta) en todas los géneros, formas y estilos musicales. De modo y manera que un buen merengue nos puede llegar al alma (pienso, por ejemplo, en Arroyito cristalino, auténtica joya de nuestro folclore que siempre consigue conmoverme y me obliga a mover los pies y finalmente todo el esqueleto) como una sonata de Franz Schubert o una sinfonía de Anton Bruckner o Bedrich Smetana. Pero también como un cuadro de Francis Picabia o de Odile Redon. Pues el arte trasciende las formas y los géneros y en todas sus manifestaciones –si bien no en todas con el mismo vigor e intensidad, plenitud y riqueza–, puede brillar con genio y fuerza una individualidad, un alma que se expresa con voz propia, original y única.
Por tanto, sólo uno mismo pierde cuando nos negamos la entrada a tal o cual manifestación artística (música folclórica, sacra, dodecafónica; ballet clásico o danza moderna; pintura figurativa o expresionista o abstracta; literatura romántica o barroca o las actuales tendencias del realismo sucio norteamericano), sólo nuestra propia alma resulta empobrecida y menoscabada en la infinita gama de sus potencialidades.
Las manifestaciones artísticas y culturales del ser humano están ahí, al alcance de nuestra sensibilidad y de nuestro intelecto. Sólo tenemos que abrirnos a su vasto mundo de sugestiones, contenidos, formas, colores y sentidos sin prejuicios de ninguna índole. Sólo tenemos que dejarnos penetrar y poseer por su magma nutricio. Más allá de las culturas, de las lenguas y del tiempo histórico, toda esa riqueza cultural y artística nos pertenece por derecho propio, está al alcance de nuestras manos, ese mundo pleno y sugerente que nos nutre y nos enaltece nos llama y nos está siempre esperando como un corazón palpitante y generoso, pleno de sentido, porque con ese objetivo preciso le dieron forma y vida sus creadores.
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